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Los lunes del barón Davillier (4). De una Barcelona sin Gaudí.

El 10 de octubre de 2011 en Fondo antiguo, Libros por | 3 Comentarios

Ejecución de asesino Francisco Vilaró en Barcelona

Como sabemos, el barón Davillier era un asiduo de España, al contrario que Gustavo Doré. La primera gran ciudad en que recalan en su viaje de 1862 es Barcelona, a la que encuentran gran parecido con Marsella, “la misma actividad, la misma mezcla de naciones diversas, la misma ausencia de un tipo definido en una y otra”. Incluso echan de menos la imagen estereotipada de la mujer española: “Las mantillas se ven raramente y hemos intentado en vano, creyendo a Alfredo de Musset, descubrir una andaluza de piel morena”. Adelanta Davillier que así ataviadas las españolas “cada vez son más raras en la misma Andalucía”. Para no defraudar las expectativas del lector, promete que harán lo posible por capturar esa ansiada imagen: “Doré no dejará de presentar las que veamos”. Pronostica el barón que “un día vendrá en que los ferrocarriles surcando toda España las harán desaparecer por completo”.  Es decir, que la modernización, ya en marcha con el despliegue del ferrocarril, será el fin de ese tipo popular.

A falta de Gaudí, nuestros viajeros visitan la catedral gótica, Santa María del Mar, iglesias varias y, por razones no explicadas, el cementerio. “Del cementerio a la ejecución de una pena de muerte el paso es bastante natural”,  escribe Davillier, antes de relatar aquella a que asistieron. “Nos causó las más vivas impresiones”.

“Se diría que se quiere dar la mayor publicidad posible a este triste espectáculo”, aventura el barón, que presenta la ejecución como un espectáculo de masas, tan bulliciosamente popular como dramático. “Si un criminal ha de recibir castigo, varios días antes se oye la gangosa voz de los ciegos anunciando por las calles el programa de la ejecución, con el día, la hora y el lugar del suplicio y toda clase de detalles sobre el reo (…) Llegado el día, la ciudad presenta una animación extraordinaria. En las principales plazas  se estacionan toda clase de vehículos, y una vez llenos de viajeros parten a todo galope hacia el lugar del suplicio, regresando al poco tiempo. Millares de personas de toda condición se reúnen en ese triste lugar. Vendedores de golosinas, de puros, de fuego y agua deambulan por entre la muchedumbre, gritando sus mercancías. Aquí o allí, sobre la hierba, se forman grupos de gentes que comen tranquilamente sus provisiones de boca. ¿Habrá que añadir que las mujeres, ávidas siempre de emociones, lo mismo que en Francia, están allí en mayoría?”.

Antigua cárcel de la Inquisición en Barcelona, hoy plaza del Rey.

“El desgraciado a cuyo suplicio asistimos era un tal Francisco Vilaró. Había asesinado al alcalde de su pueblo”. El reo llega montado en un burro, cubierto de un saco de ajusticiados de color amarillo, con una cruz en sus manos en las que se ha colocado también un libro de oración. “Una larga hilera de penitentes, unos con cirios en la mano, otros con estandartes y Santoscristos casi de tamaño natural precedían y seguían al cortejo. Salmodiaban el oficio de difuntos, que salía ahogado de sus largos capuchones puntiagudos, en los que dos agujeros dejaban brillar sus ojos. Todo esto no podía ser más lúgubre”.

“Una vez llegó el reo al final de su último viaje, se le hizo subir a un alto cadalso, en cuyo centro había un escabel de madera, adosado a guisa de respaldo a un poste bastante alto. El verdugo, sencillamente vestido de negro, con una blusa corta como los obreros de las ciudades, le obligó a sentarse en el escabel y fijó sus brazos y su cuerpo al poste. Luego le ató las manos y le colocó alrededor del cuello un aro de hierro que, pasando por dos ranuras practicadas en el poste, acababa en un tornillo por la parte de opuesta. Puesto en movimiento el tornillo gracias a una manivela de hierro, el aro es atraído y la estrangulación se produce inmediatamente”, nos cuenta Davillier, en una descripción de desnudo estilo periodístico sin asomo de literatura.

“La muchedumbre se había quedado silenciosa. El sacerdote que asistía al reo acababa de ponerle una cruz en las manos y le dio permiso para que dirigiese unas palabras a la muchedumbre. Le oímos algunas palabras pidiendo el perdón de Dios y el de los hombres, perdonando además a quines le hubiesen ofendido. El sacerdote le dirigió una breve exhortación. Mientras todo esto sucedía, el verdugo se mantenía detrás del poste, dispuesto a cumplir su tarea. Levantó el brazo, tembló la multitud y por tres veces se le vio dar vueltas a la manivela fatal. Todo el mundo se santiguó. Se oyeron voces que musitaban a toda prisa algunas oraciones, y las mujeres gritaron: ¡Ay, pobret! Y entonces vimos abatirse su cabeza sobre el pecho hasta quedar inmóvil, con la lengua hinchada fuera de la boca. Al cabo de algunos instantes se le amorató el rostro. La muchedumbre comenzó a retirarse lentamente. Se nos dijo que el cadáver quedaría expuesto allí durante algunas horas, custodiado por los penitentes que habían asistido a la ejecución y por parte de las tropas de infantería y de caballería que habían mantenido el orden”.

Otras entradas de esta serie:

Los lunes del barón Davillier (1)

Los lunes del barón Davillier (2). De franceses hispanoblantes y de loros francófonos.

Los lunes del barón Davillier (3). De lenguas vernáculas.

Los lunes del barón Davillier (5). De ladrones y otras gentes de mal vivir.

Los lunes del barón Davillier (6). Del verdadero plato nacional… y no es la paella.

Los lunes del barón Davillier (7). Del animal enciclopédico y calumnias vengadas.

Los lunes de Davillier (8). De cómo buscar emociones imaginando bandoleros de leyenda.

Los lunes de Davillier (9). De Los Siete Niños de Écija a José María el Tempranillo.

Los lunes de Davillier (10). De los toros como “cosa española por encima de todas las otras”.

Los lunes del barón Davillier (11). Del chocolate como excusa para descubrir la España desconocida

Los lunes del barón Davillier (12). De ruidos, violines, guitarras y bellezas antaño ignotas

Los lunes del barón Davillier (13). De Doré y su visión de España como perfectos compañeros de viaje

Los lunes del barón Davillier (y 14). De Doré en la buena compañía de Cervantes y el ‘Quijote’

 

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