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Don Quijote

Donna salió deprisa de la mansión y registró la zona con preocupación. “Tiene que estar aquí,” pensó, y aun así, lo que tenía delante demostraba lo contrario; a su marido, Kevin, no se le veía por ningún lado. Perpleja, Donna se acercó a un banco de piedra y se sentó. No había estado allí ni siquiera dos segundos cuando, de repente, el seto la envolvió. Sacudiendo los brazos como un gato salvaje, Donna soltó un alarido y empezó a aporrear a su captor. “Donna, para de pegarme con tanta violencia, por favor, o me vas a magullar terriblemente.” Reconociendo la voz, dejó de moverse y se dio la vuelta.

“Kevin, ¿Por qué estamos en el seto?” Donna lo miró con desaprobación, y arqueó una ceja a su extraño atuendo. Llevaba pantalones cortos color beige, un sombrero de caza descomunal y un cinturón grande que se había atado torpemente alrededor de su considerable cintura. Después de liberar a Donna, volvió con rapidez a su ocupación previa; mirando fijamente por el espacio pequeño entre la base y el respaldo del banco. Giró la esfera para enfocar los prismáticos y de pronto soltó un grito de satisfacción. Se volvió a su mujer con una sonrisa traviesa de oreja a oreja y, con un susurro ronco, exclamó “¡Lo he encontrado!”

“¿Qué es, precisamente, lo que has encontrado?” Donna sabía que era mejor no confiar en los arrebatos de Kevin: como era un hombre superdotado, siempre se le había dado todo bien, pero ahora, a punto de cumplir cincuenta y cinco años, su agudeza intelectual se había convertido en una excentricidad profunda, que rozaba la locura.
“El ejército…” contestó, lleno de entusiasmo, “…y ¡no voy a dejar que esta vez!” Con una ráfaga de energía, saltó del seto a toda velocidad hacia el cobertizo donde guardaban las herramientas. La reacción de su marido dejó atónita a Donna. “¿Qué ‘ejército’?” Pensó para sí misma, “y ¿Qué va a hacer en el cobertizo?”…

Al otro lado de la finca, la Señora Álvarez montaba su caballo por el camino de herradura. Le parecía un día estupendo. Todavía ninguno de los chicos se había caído de los caballos, y el buen tiempo le daba la oportunidad de gozar de las vistas preciosas. Estaba a punto de silbar una melodía alegre cuando, de repente, un cortacésped pasó por delante como una bala. No lo podía creer, pero la figura que veía era totalmente real: un hombre montaba el cortacésped, y aceleraba hacia el grupo de alumnos gritando “¡Os destierro de ésta tierra!” mientras asestaba un golpe al aire con un rastrillo.

Una niña de seis años, Silvia, se acercó al hombre raro. Miró los pantalones cortos, el sombrero descomunal y su considerable cintura, y con entusiasmo exclamó “¡Duendecillo!”. En ese momento, Kevin cayó en la cuenta de la realidad de la situación; éste grupo no era ningún ejército. Con un suspiro, simplemente se levantó y se marchó, y los jinetes continuaron como si ni siquiera hubiera estado allí. 

Robyn B.
Tunbridge Wells Girls’ Grammar School

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