El Instituto Cervantes utiliza cookies propias y de terceros para facilitar, mejorar y optimizar la experiencia del usuario, por motivos de seguridad, y para conocer sus hábitos de navegación. Recuerde que, al utilizar sus servicios, acepta su aviso legal y su política de cookies.

El Quijote en mi vida

Toda la gente conoce su mismo Quijote. Una persona traviesa y de extravagancia innata, con una sonrisa que puede significar cualquier cosa. Cuando estoy con Maya, todo es posible y algún tipo de desastre puede hacer, pero es una garantía que vais a divertiros.  

La conocí cuando sólo tenía nueve años, y aquel día nunca lo olvidaré. Parece como un ángel, con sus rizos rubios, pero cuando tomó mi mano pequeña en su mano pegajosa, sentí una chispa de electricidad y emoción, como supe, ya entonces, que ella iba a cambiar mi vida. 

Maya fue un ángel en harapos, como una muñeca de trapos. Siempre al costado de ella llevé su osito de peluche, que se estaba quedando calvo y con sólo un ojo de vidrio, se llama Benedicto. A pesar de su apariencia pordiosera, nunca he amado a alguien más que a él. Benedicto fue el único que tenía todas las ideas. Si nuestra maestra estricta nos echaba unas reprimendas por las que,  totalmente por casualidad, provocamos un incendio en los servicios del colegio, siempre fue la culpa de Benedicto, como era el diablo en sus hombros, cuchicheó nuevas aventuras.

Su imaginación fue el fuego bajo sus pies. Brincando de lugar en lugar, inconsciente de los daños que causaba, coloreó el mundo con sus palabras y risa contagiosa. El modo de que vio la gente fue  indescifrable, pero para mí, tiene sentido. ‘¡Mira aquel tiburón enfadado!’ diría, al señalar un hombre. ‘¡Su frente parece como una aleta!’, o ‘Esta pareja parece como dos formas, él un rectángulo y ella un triángulo’. Una vez, un hombre lo oyó y gritó, ‘¡Tienes más cara que un elefante con paperas!’. En lugar de llorar, se hinchó sus mejillas como un pez, y corrimos por los callejones polvorientos.

Pienso que Maya fue tan traviesa y llena de imaginación porque su vida en casa fue tan aburrida y tranquila. Como un cuento de hadas, sus padres nunca hicieron nada aparte de leer libros tan grandes como sus mismas caras. Yo no vi a sus padres hasta que unos meses después de la primera vez que visité su casa, porque todo el tiempo se ocultaban en estos libros misteriosos. Las grandes ideas de Maya nacieron aquí, y ahora sé que sus gestos grandes y conducta sobrexcitada fue ya que amaba ver a toda la clase reír. Haría algo por ver sus compañeros partirse de risa, aunque después tenía que incluso afrontar el golpe duro de la regla de nuestra maestra en su trasero. Cariño Maya – ¡nunca ha aprendido la lección!

A pesar de siempre causar problemas, supimos que nunca deberíamos intentar cambiarla. Maya sin su sonrisa traviesa sería una cáscara vacía, y a ella, aprendí que la cordura no es necesaria para vivir una vida feliz.

Bethany G.
Colegio: Barton Court Grammar School

Comparte esta entrada

Twitter Facebook Google+ LinkedIn Del.icio.us Tumblr Del.icio.us

Entradas relacionadas

Etiquetas

Deja un comentario

© Instituto Cervantes 1997-2022. Reservados todos los derechos. cenlon@cervantes.es