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El quijote moderno

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme vivía un buen hombre con orgullo y valentía. Aquel hombre llamado Arturo tenía un ideal, quería educar a su manera a sus hijas quinceañeras. Arturo sabía que conseguir lo que quería le causaría problemas ya que se encontraría con personas en contra de su ideal, pero no le importaba. Estaba dispuesto a luchar por su objetivo aún teniendo en cuenta sus desventajas.

Después de un tiempo, Arturo empezó a ser conocido como ¨el Quijote moderno¨. No usaba espadas ni escudos, ni tenía un caballo, sino que utilizaba el argumento para conseguir su propósito. Aún junto con su Dulcinea, Teresa, que en algunas ocasiones le ayudaba a lograr lo que Arturo se había propuesto, resultaba difícil conseguir que sus hijas le obedeciesen. 

Los vecinos y algunos amigos del pueblo se reían de Arturo al oír que estaba dispuesto a hacer cumplir sus normas. Todos pensaban que estaba loco, que era muy estricto con sus hijas  y que no iba a poder salirse con la suya, pero Arturo tenía su ideal y no iba a darse por vencido. Pensaba que los adolescentes tenían que tener normas claras y no podía ceder a sus maniobras. Con sus hijas era más estricto que ningún otro padre y muchas veces no las dejaba hacer todo lo que ellas querían. La televisión no se podía ver entre semana y los móviles había que dejarlos al llegar a casa, pues decía que allí ya no eran de utilidad.

Sus hijas se negaban a escucharle u obedecerle, llegaban tarde a casa, no cumplían las normas, buscaban  mil excusas para tener los móviles en sus cuartos  y muchas tardes con el pretexto de hacer deberes se conectaban a Internet. Eran  muchas las maneras de engañarle y eran hábiles porque se manejaban con mucha soltura en este mundo de máquinas y redes.

Él no se desesperaba. Se matriculó en cursos sobre Internet, leyó todo lo que pudo sobre el mundo de las nuevas tecnologías, se informó, preguntó y con mucha paciencia se llegó a sentar con sus hijas mientras éstas hacían los deberes para ver qué páginas visitaban. Así, Arturo, con mucho aguante, fue consiguiendo que sus hijas algunas veces le obedeciesen y respetaran su forma de pensar.  Las hijas en el fondo sabían que, de alguna manera, obedecerle era lo correcto, pero seguían pensando que eran  muchas normas las que debían cumplir.

Fue Teresa la que en esta historia ayudó a Arturo y a sus hijas a cambiar. Poco a poco fue convenciendo a las hijas de que Arturo no era mala persona ni estaba  loco, les explicó que él sólo quería educar a sus hijas e intentaba hacer lo adecuado. Arturo siguió con todas sus normas y sus hijas quinceañeras siguieron intentando eliminarlas.

Nuria C.
Instituto Español Vicente Cañada Blanch

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