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Viaje a Quixotelandia

“¡Adiós papá!” se despedía mi amiga en el aeropuerto.
“¡Adiós, Miguel! ¡Mucha suerte!” dije yo.

Miguel se despidió de nosotras con la mano, y se encaminó a pasar por el control de seguridad.

Una hora más tarde, estaba embarcando un vuelo directo hacia Quixotelandia, un país en vías de desarrollo, en el que la pobreza de la gente atraía a mucha gente como Miguel, que formaban parte de ONGs. Miguel estaba embarcando en un viaje en el que intentaría llevar a cabo una obra de educación.

Después de una semana en Quixotelandia, Miguel ya se había acostumbrado a su rutina. Se levantaba cuando salía el sol, y se dedicaba a visitar a las familias del lugar, intentando ganarse su confianza, para que viesen que estaba allí para ayudarles, y no para explotarles como muchos otros que habían venido antes que él. Posteriormente, se reunía con los cargos superiores de la ONG, para discutir sobre dónde sería el mejor lugar para construir el colegio, el tamaño del colegio, las asignaturas fundamentales que habría que impartir en el, etc.

Cuando volvía a la pequeña cabaña donde se alojaba, junto con otros tres colaboradores, la gente del pueblo todavía se giraba para mirarles con desconfianza, escondiendo a sus hijos detrás de ella, protegiéndoles de los extraños hombres que estaban empezando a llegar cada vez más frecuentemente a su país.

Después de cuatro meses, las cosas no habían progresado en ningún sentido; los lugareños seguían desconfiando de Miguel y de sus colaboradores, y todavía no se había tomado ninguna decisión importante acerca del colegio. Miguel estaba empezando a desesperarse, ya que no veía que las cosas fuesen a mejorar dentro de poco, ni siquiera veía tan claro que su situación fuese a mejorar. La indecisión de sus colaboradores no hacía nada para aumentar su credibilidad, y los nativos seguían desconfiando profundamente de ellos.

Miguel sólo veía una última posibilidad para el éxito: o conseguían progresar en los asuntos de la localización del colegio antes del final del mes, o perderían el poco respeto  que les tenía la gente del pueblo, y se verían obligados a regresar, habiendo fracasado, junto a sus propias familias.

Llegó el último día del mes, y Miguel se reunió con sus compañeros y colaboradores.

“Hemos estado aquí cinco meses”, dijo Miguel, “y no hemos progresado en ningún sentido. Nuestra indecisión no ha jugado a favor nuestro, y siento deciros que está será nuestra última reunión. Tenemos lo que queda de semana para recoger nuestras cosas y volver a nuestros respectivos países. La siguiente vez que deseemos entrometernos en el desarrollo de un país, tendremos que estar más preparados, porque nuestro viaje a Quixotelandia, aunque realizado con buenas intenciones, sólo ha resultado ser un derroche de los fondos de nuestra ONG. Compañeros, adiós”.

 
Sonia C.
IE Vicente Cañada Blanch

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