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Un encuentro fortuito

Un encuentro fortuito

Hacía un año que él trabajaba muchísimo y viajaba de vez en cuando. Esperaba verla en el vuelo pero siempre estaba desilusionado. Tenía un amigo que le pidió ayudarlo en un proyecto en África del Sur. Duraría dos semanas en una barriada donde construían casas para la gente de la zona. Ese proyecto funcionaba hace unos años y tenía mucho éxito. Dependía de voluntarios que prestaban su tiempo y, por supuesto, una donación específica. Tenía muchas ganas de ayudar a otros, particularmente a los desfavorecidos.

Llegó el día de salir y fue al aeropuerto y en su equipaje estaba su ropa de trabajo. Por supuesto no reservó un asiento en primera clase. Reservó un asiento con el grupo que volaba en clase turista. No le importaba no viajar cómodamente.

Al encontrar al grupo en el Aeropuerto Schipol en Amsterdam sintió mucha energía y le acogieron con entusiasmo. Como era de noche, los pasajeros se prepararon para dormir tras la comida. El grupo, él incluido, quería llegar descansado y estar listo para empezar su tarea.

Cuando desembarcaron del vuelo en el Aeropuerto de Capetown el día amanecía luminoso y soleado. Un autobús les esperaba y tras recoger las maletas salieron para la chabola. Se conocieron en el camino pero la vista maravillosa del paisaje les llamó la atención. Pasó el tiempo rápidamente y al cabo de poco llegaron. Los vecinos de la comunidad los acogieron calurosamente de manera excepcional. El grupo sentía que era un acontecimiento muy esperado y se alegraron mucho que hubieran llegado.

Después de las bienvenidas y celebraciones, se pusieron a trabajar con ganas. Ya habían puesto en marcha un plan para el jefe y los otros voluntarios. Les asignaron unas tareas y el objetivo era lograr la construcción de diez casas dentro del plazo. Para él su tarea era la hormigonera y ayudar al albañil. No tenía problemas para dormirse por la noche, estaba cansado pero satisfecho. Por la mañana despertó de un sueño profundo y fue al comedor afuera para desayunar con sus colegas.

Apenas podía creer lo que veía. La vio sirviendo el desayuno con total naturalidad. Al llegar su turno sus miradas se cruzaron. La miró otra vez y dijo con una sonrisa de bienvenida: “Me parece que nos conocemos”. Él respondió: “Sí, en un vuelo hasta Nueva York”. “Claro, me acuerdo ahora, fue durante la tormenta de nieve”. La cola de sus colegas le alcanzó y tenía que adelantar.

En los días siguientes se exigieron mucho a sí mismos para lograr su objetivo. De vez en cuando la vio y se saludaron como si fueran amigos de antaño. Pero estaba deseando conocerla más. Los días pasaron volando y con mucha alegría y celebración para los vecinos, las casas estaban listas para ocupar. Compartió una gran satisfacción por haber contribuido al proyecto con el grupo. Con mucha parafernalia abrieron las casas y radiantes de alegría las familias se mudaron de las chabolas.

Para celebrar sus esfuerzos voluntarios el jefe había organizado la despedida. Era un viaje a Capetown y una visita a Table Mountain. Aprovechó la oportunidad de invitarle a sentarse al lado de él en el autobús. Por suerte se había dignado a aceptar la invitación. Fueron las dos horas más rápidas de su vida. Era de Venezuela. Creció en un ambiente pobre. Su familia se había mudado a los Estados Unidos cuando era muy joven. Recibió una buena educación y por eso se hizo Representante de Niños en la ONU.

De repente dijo: “Y tú, cuéntame de ti”. El autobús había llegado al pie de Table Mountain y se alegraba de prolongar la conversación. Subieron lentamente la montaña. Sintieron un gran alivio al alcanzar la cumbre. La vista desde la cumbre era magnífica y con la chica más bella del mundo a su lado sintió que no la perdería por nada del mundo. Entraron en el restaurante y cualquiera se hubiera dado cuenta de que lo estaba gozando.

M. Crowley

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¡Ojalá no se hubiera inventado!

¡Ojalá no se hubiera inventado!

En Dublín, hace casi 30 años, se usaba algo cada día que casi todo el mundo odiaba. Pensaban, de algún modo raro, que era necesario para la vida diaria. Algunos pensaban que no había ninguna otra alternativa. ¿Cómo se equivocaron tanto?

Es difícil de imaginar hoy en día que en el año 2010 todavía se usara un modo de trasporte tan ineficiente, tan sucio, tan ruidoso y tan incómodo: se llamaba Dublin Bus.

Algunos tenían que sufrir el Dublin Bus cada día. Aguantaban un horario imprevisible, conductores abruptos y sillas rotas, a veces empapadas con líquidos no identificables. ¡Pero aún peor, la gente paga por este castigo! Además, no eran solo los que montaban en el Dublin Bus que sufrían sino también los peatones y ciclistas que tenían que soportar el humo y los gases que emitían esos vehículos.

Por alguna razón, nunca descubierta, los conductores del Dublin Bus pensaban que los caminos de las bicis servían para los buses también, y aterrorizaban diariamente a los ciclistas de la ciudad. El medio ambiente sufrió también como los buses gastaban lo poco que quedaba de los combustibles no renovables.

Sí, es difícil de imaginar hoy en el año 2040, cuando casi no dejan a los buses, ni a los coches entrar en el centro de la ciudad, que había un tiempo que solo se veían buses gigantes, amarillos y azules, echando su humo negro por todos los sitios. Ahora como el 70% de los ciudadanos viajan por el centro en bici, el resto en coches electrónicos, tranvías electrónicos y metro, es casi imposible recordar los viejos tiempos de trasporte ineficiente. ¡Menos mal que nos quedamos sin petróleo!

Siobhan McNamara

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Los tres cerditos

Los tres cerditos

Había una vez, hace mucho mucho tiempo, en una tierra muy muy lejana, una ciudad muy bonita llena de riqueza que se llamaba “La ciudad de las Burbujas”.

Vivían en esa ciudad, tres cerditos que eran muy amigos. Los cerditos se conocían desde que eran niños. Ahora los tres trabajaban en la misma fábrica multinacional en las afueras de la ciudad de las burbujas. No faltaba de nada allí y tenían muy buena vida. Ganaban suficiente para disfrutar de toda la diversión y ocio que se ofrecía en la ciudad de las burbujas. Cada fin de semana gastaban lo que ganaban para salir de fiesta, beber cócteles y encontrar cerditas.

Todo iba muy bien, salvo una cosa. Los tres cerditos todavía vivían con sus padres y cada vez más deseaban independencia y sus propias casas. Surgía un dilema: ¿cómo los cerditos podrían continuar viviendo bien y también comprar unas casas?

El primer cerdito era el más listo de todos. Decidió ahorrar más y salir menos. Hizo horas extras en la fábrica y después de un año tenía una fianza suficiente para comprar una casa pequeña bonita con una hipoteca manejable.

El segundo cerdito también ahorró pero tampoco quería dejar su vida tan divertida. Él tenía gustos más ambiciosos que el primer cerdito y compró una casa el doble de grande que la casa de su amigo. Estaba muy contento, aunque tenía una hipoteca bastante grande y no quedaba nada de sus ahorros.

El tercer cerdito era el más arrogante de todos. Cuando vio las casas de sus amigos se puso muy celoso. No tenía paciencia para ahorrar ni para esperar que la casa de sus sueños bajara de precio. Pero tenía un plan. El banco de la ciudad de las burbujas ofrecía hipotecas de un 100% y con eso podría continuar viviendo bien y conseguir una casa gigante, ¡unas tres veces más grande que la del primer cerdito!

Así vivían los tres cerditos, contentos en sus tres casas. El tercer cerdito hacía las mejores fiestas donde se conocía a las cerditas más guapas y nunca faltaba ni para comer ni para beber. Vivían bien, hasta que un día cambió todo…para siempre. La fábrica donde trabajaban los cerditos se cerró y se mudó a otra tierra.

La fábrica donde trabajaban los cerditos se cerró y se mudó a otra tierra. Los tres cerditos estaban sin trabajo. Pero aún peor, el Banco de la Ciudad de las Burbujas era insolvente y fue comprado por el Banco de los Lobos, que era mucho más agresivo, y no tenía pena por sus préstamos. Los cerditos estaban en crisis.

El primer cerdito, afortunadamente tenía ahorros y con su finiquito de la fábrica, podía sobrevivir hasta que encontrara otro trabajo.

El segundo cerdito no tenía esperanzas con su hipoteca. Dejó las llaves de su casa en la puerta y huyó a otra tierra en el hemisferio opuesto con su finiquito, para empezar de nuevo allí.

El tercer cerdito estaba aún más destruido y el Banco de los Lobos le perseguía. Por desgracia, como el mercado de las casas se desplomó, la casa del tercer cerdito valía solo el 50% de su precio original…no había solución.

Un día vino un representante del Banco de los Lobos – era el día que temía el tercer cerdito.

“Déjame entrar”, gritó el banquero malvado. “Sé que estas dentro y tengo una orden de la Corte de Justicia”.  Pero no le dejó entrar. El banquero continuaba visitando al cerdito cada día e intentaba encontrarle en persona para mandarle a juicio.

Mientras tanto el cerdito volvió a vivir con sus padres en un dormitorio pequeñito y alquiló su casa gigante para intentar pagar la hipoteca y sus deudas. Eso hizo, y sobrevivió con un poco de ayuda de su mejor amigo, el primer cerdito. Escapó del banquero del Banco de los Lobos, por el momento.

Siobhan McNamara

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La cama motorizada

Anuncio importante: la cama motorizada

Hoy quisiera informar al público de una invención pionera, que va a revolucionar la vida cotidiana de millones de personas. Remito a un avance tecnológico que ahorrará tiempo y energía, y que contribuirá a relaciones tranquilas y armoniosas sociales: una cama motorizada.

Si usted tiene una cama motorizada, ya no tendrá que levantarse temprano por la mañana y salir corriendo al trabajo. Al contrario, puede seguir durmiendo mientras la cama, discretamente y sin hacer ruido, sale de puntillas del dormitorio y desciende sigilosamente la escalera.

En silencio, cerrando la puerta detrás de sí, la cama sale a la calle, donde se une a una corriente de otras camas, cada una con su pasajero durmiente, todas dirigiéndose al camino. Algunas camas van hacia la carretera al centro, con su carril de camas, otras van a la estación, donde suben en el coche dormitorio especialmente adaptado.

Durante el viaje al trabajo, los dormilones pueden ponerse al día con esos importantes minutos adicionales de sueño o, si hay una gran ocasión como un cumpleaños, pueden disfrutar del desayuno en la cama. Diez minutos antes de llegar a su destino, los dormilones se despiertan por una vibración apacible de dentro del colchón, y se proveen de una taza de café por una cafetera automática sujetada a la cabecera.

Mientras tanto las camas que viajan por la carretera han pasado por un drive in, donde a los pasajeros se les ofrece café.

Cuando las camas llegan al lugar de trabajo, al que acceden por medio de rampas especiales, avanzan a la terminal apropiada. Allí “los dormilones”, ahora totalmente despiertos, descansados y tranquilos, realizan sus tareas diarias.

Al fin del día, algunos vuelven a la casa, mientras otros van con amigos a tomar unas copas, o a cenar en un restaurante. Los bares y restaurantes están adaptados para permitir que los amigos se agrupen en sus camas, un poco a la manera de los romanos antiguos.

En este punto, me gustaría dejar claro que los rumores acerca de jóvenes que llegan solos a bares y clubes en camas dobles para buscar pareja son simplemente calumnias que envidiosos inventores rivales han hecho circular.

Sin embargo, las camas motorizadas ofrecen muchas ventajas sociales. Por ejemplo, las excursiones a la playa o de picnic serían mucho más cómodas, si los participantes siguieran recostándose en sus camas, en vez de intentar sentarse en la arena o en rocas incómodas.

También, en el buen tiempo, los veraneantes podrían dormir bajo el cielo estrellado en sus lugares a elegir, sin tener que pagar cuentas caras de hoteles. Además nuevas formas de deporte podrían ser posibles. Por ejemplo, camas con motores trucados podrían echar una carrera en pistas especiales, sus dueños recostados manejando mediante mandos en la almohada.

 Camas anfibias podrían competir, y habría un premio a la primera persona que circunnavegase el mundo.

En realidad podría haber muchos usos para esta invención fantástica, y yo debo conseguir trabajar en ello en seguida…ojalá pudiera levantarme de mi cama.

SMcF

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El dinosaurio y la bruja

El Dinosaurio y la Bruja

Estaba muy deprimido. Pensaba en su dinosauria día y noche obsesivamente. Había dejado la cueva hacía diez años y desde entontes la estaba esperando. La cueva estaba en las montañas, rodeada de árboles, cerca de un volcán.

Apareció una bruja que lo conocía bien. Estaba enfadada al ver a su amigo tan deprimido. “¡Es insoportable!”, dijo la bruja, “Necesitas ayuda porque yo ya no te aguanto”. El dinosaurio replicó: “Vale, pues concédeme un deseo”. “Estoy cansada, estoy demasiado vieja para estas cosas. Tendrás que resolver tu problema por ti mismo”.

Entonces se acostó y soñó que volvía a su época.

Miró a su alrededor. Reconoció el desierto de su infancia. Recordó el paisaje donde jugaba con sus hermanos. Ya podía oír la voz de su mamá: “Salimos a jugar” y fueron en familia al desierto entre el río y el mar. Los alrededores le eran familiares; las rocas, la arena, el espacio, la gran extensión del terreno. Sonreía de oreja a oreja. Los recuerdos se agolparon en su memoria, su padre llevándolo a cuestas, la búsqueda de alimentos en el río y en el mar. De repente unos ruidos fuertes le hicieron volver a la realidad de un golpe.

¡Mira! No podía aguantar su asombro al ver la llegada de una muchedumbre que alborotó la tranquilidad. Rápidamente, de un paso, se escondió detrás de una montaña. De lejos podía ver un gran desorden y confusión. La gente llegó con carpas solitarias, banderas, fotografías, y algo que le desconcertó, velas de duelo.

Se quedaron allí, rezando, llorando, blasfemando. Estaba perplejo, no sabía qué pasaba. Esperó a que su amiga, la bruja, viniera. Puede ser que ella supiera algo. Normalmente se las sabía todas.

Hacía tiempo que los venía observando. Se sintió triste al oírlos llorando y rezando. Pero no estaba triste por él. Estaba triste porque no podía ayudar a los desdichados.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Vamos! ¡Cálmate! La bruja apareció. Le contó la tragedia de los mineros. Estaban atrapados casi tres meses en la profundidad de la mina. “Pero aun están vivos. La gente en la superficie intenta izarlos con seguridad. Los riesgos que implica son enormes”.

– ¡Puedes ayudarles!
– ¿Cómo?
– Eres un dinosaurio jorobado, puedes entretener a los niños. Están muy tristes sin sus padres. Puedes llevarlos a cuestas.

El dinosaurio lo pensó. La idea le animó.

En los días siguientes estaba alegre. Los niños estaban encantados con el dinosaurio hasta que…

De repente pudo oír un gran grito de alegría. El primero de los atrapados había sido izado a la superficie. Los niños abandonaron el dinosaurio para esperar a sus padres. Se sintió muy solo pero no por mucho tiempo.

Después del rescate, el gobierno anunció que la mina se iba a convertir en parque nacional para dinosaurios.

Mary Crowley

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La idea perfecta

La idea perfecta

Eran las siete de la tarde. Maximilian se sentó en el Bachelor Inn Bar cerca del río Liffey. Terminó de beber su decimotercera copa de Jameson y como siempre en viernes esperó a su mejor amigo. Kieran siempre llegaba tarde. Era casi ocho años menor que Max y para su explicación siempre usaba su edad.

– Que la fuerza esté contigo – era la primera frase que usaban para saludarse. Los dos eran admiradores de La Guerra de las Galaxias.

– Y contigo, amigo – respondió Max. – Llegas tarde, otra vez.

Kieran sonrió y dijo sin sorpresa: “Sabes cómo somos, a nosotros los jóvenes, no nos importa el tiempo, vamos a nuestros problemas”. Era típico. Kieran era un hombre de treinta años pero parecía más joven. Era muy atractivo y siempre encontraba el tiempo para los amores. No era el típico poeta. En sus cuadernos de poesía era muy serio y dramático, en la vida muy optimista y amable.

Max era su contrario. Siempre serio, deprimido, nada en su vida le consolaba. En treinta y ocho años, se había divorciado dos veces, no mantenía contacto con su familia y solo tenía un amigo: el poeta. Empezó su carrera de autor de novela negra muy pronto cuando tenía veintitrés años. Con sus historias negras con humor cínico encontraba a muchos admiradores en su patria.

Cinco de sus libros eran bestsellers y otros cinco habían vendido muchas copias también. Sin embargo, desde hace dos años Max batallaba con una gran depresión y con deficiencia de ideas perfectas para su nuevo libro.

– Necesitas relajarte Max. Haz yoga o meditación. Eres demasiado pesimista, no es bueno para inventar las historias.

Esta conversación la escuchó el Desconocido sentado en la mesa de al lado. El hombre tenía barba de cuatro días y ojos alarmantes. Terminó de beber la segunda pinta de Guinness, quiso pedir otra pero paró escuchando atentamente la conversación de los dos artistas.

– Perdónenme señores… pero oí su conversación… sin intención… perdón, no quiero interrumpir y mezclarme pero yo puedo tener la solución para ti, Max… ¿No te importa que te llame Max, no? – preguntó el Desconocido con voz ronca.

Kieran quiso deshacerse del tipo chanchullero inmediatamente pero no consiguió abrir la boca cuando su amigo respondió desesperadamente: “Ningún problema. ¿Cómo puedes ayudarme?” El Desconocido sonrió mostrando sus dientes podridos.

– Vale… vale… ¿Buscas ideas perfectas, no? Las mejores ideas son las más austeras. ¿Por qué no usas tu vida como inspiración? Empieza tu novela escribiendo de la visita de un autor en… un bar y… un encuentro con un amigo… después este autor podría pensar en lo que podría ocurrirle y su amigo y lo escribe.

La idea es… si las historias en el manuscrito del autor son optimistas él tendría situaciones maravillosas en la vida, si las historias son negras… sabes… ¡horror! El hombre se rió histéricamente.

– Es buena idea, muy inspiradora. Gracias amigo, ¿qué puedo hacer por ti? – exclamó el autor.

– Nada, nada, ¡que te aproveche!… Puedes comprarme otra copa de Guinness y todos seremos felices, ja ja ja.

– ¡Por supuesto! – Max no recordaba cuándo se había sentido tan feliz. Quería empezar a escribir inmediatamente, compró Guinness para el Desconocido, se despidió de su sorprendido amigo y corrió a su apartamento en Dublín 2.

Escribió todos los días y noches. No tenía tiempo para su amigo, ni para periódicos ni tele. Era especialista en novela negra, entonces su mente siempre buscaba situaciones negras, duras; la vida en sus historias era de mala fortuna.

Empezó su novela con la visita de un autor en un bar y un encuentro con un amigo después este autor pensó en lo que podría ocurrirle a su amigo y lo escribió. El protagonista perdió a la familia en circunstancias muy graves. Los padres murieron en la autopista chocando con un camión con gasolina. Su hermana única, su marido y dos niños y otras cincuenta personas se hundieron con el barco.

El agua del Mar Irlandés era muy fría y el equipo de socorro no lo consiguió a tiempo. El amigo del autor inventado murió en el Dart apuñalado por una banda de jóvenes. Su historia casi estaba terminada solo necesitaba el fin adecuado, fuerte, de sangre como sus otros cuentos. Decidió ir al Bachelor Inn. Era viernes, entonces esperaba que Kieran estuviera allí.

El bar estaba desierto. En el rincón estaba sentado solo un borracho delirante con una botella casi vacía. Era octubre y el tiempo se empeoró, hacía mucho viento, la gente prefería estar en casa, las calles estaban sin vida.

Max se sentó en su asiento favorito y esperó a Kieran. Tenía muchas cosas para decirle. Todas estas ideas, casi terminado el libro de calidad fantástica. Era ya muy tarde y Kieran no vino. Intentó llamarle por teléfono pero el poeta no contestó. Decidió beber la última copa de Jameson y regresar a casa.

Max estaba muy contento, quería agradecer al Desconocido por abrir la puerta de su imaginación con tan simple idea, idea perfecta.

Era la una cuando la puerta del bar se abrió y Max vio al Desconocido, hombre al que debía tanto. Él se acercó a Max. Mostró sus dientes podridos con una sonrisa radiante.

– ¡Hola hombre! ¿Qué tal? ¿Qué tal va tu libro? – preguntó.

Max con mucha pasión empezó a contarle los meses de su trabajo, agradeciendo al Desconocido muchas veces. El hombre escuchó con mucha paciencia todos los detalles de la historia que había sugerido él. Oyó todo sobre la vida del protagonista, de la muerte de su familia y amigo. El autor apuntó que solo necesitaba escribir el fin de la historia.

– ¿Y cuál es el fin? – preguntó Desconocido.

– ¡Hombre! No sé si puedo confesar eso… es muy especial… – dudó Max.

– ¿Por qué, hombre? Yo te ayudé tanto. Me debes…

– Vale… el protagonista… el autor será matado…

– ¿Y cómo? – preguntó el hombre de sonrisa podrida.

– Pues… el autor está en un bar… y… es matado con la pistola de alguien que no conoce y el barman encuentra su cuerpo.

Era las dos y cuarto. El barman volvió del baño. Echó un vistazo a la mesa donde estaba sentado el autor. La cabeza de Max yacía en la mesa en un charco de sangre. El bar estaba vacío.

Julia Janiszewska

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La nieve

La nieve

Me despierto por la mañana,
Miro por la ventana
Un paisaje nevado
En esta estación dormida.

Copos de nieve
Caen  revoloteando,
Silenciosamente danzando
En el paisaje nevado.

En la distancia
Las colinas nevadas
Nos hacen señas,
¡Venid a uniros!

El petirrojo hambriento
Protegiendo su territorio,
Busca el gusano
En la tierra helada.

Contra el horizonte
Los árboles pelados,
Están parados.
Majestuosas estatuas.

Temperatura bajo cero
Carámbanos por la muralla,
Al lado el hielo y la helada
Compila el paisaje nevado.

M. Crowley

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La libertad

La libertad

Esa mañana me levanté y por primera vez me sentí libre. Vestido de marrón, con un traje muy de moda, cogí el metro. Estaba casi solo en el andén; eran las 6 de la mañana. Pero tenía que estar ahí a las 7.  Y eso, para mí, era la libertad.

Recuerdo cada detalle; cada momento de aquel alba. Al caminar por la ciudad, miré el cielo azul, azul profundo, por encima, sentí el calor del sol en la espalda y la emoción y esperanza.  He revivido esa viaje muchas veces desde entonces: cada camino, cada escalera por la que caminé, incluso el ruido de mis pies pisando en las escaleras, al llegar a la oficina.

Y llegué. Un hombre rubio y muy alto, vestía también un traje de moda que le daba aspecto de importante, me estrechó la mano. Crucé la oficina hasta donde iba a sentarme y una, dos, tres, tal vez cinco, personas me dieron la mano, me dijeron palabras de apoyo. Miré por la ventana los edificios cercanos, muy altos, muy modernos, y al aire fresco, las nubes y los pájaros volando arriba. Y pensaba en la libertad.

Todavía estaba pensando en la libertad cuando llegó el director para darme la bienvenida. Pensaba en ese día desde hacía 6 años. Por aquel entonces estaba en Argelia, el país en el que nací. Aunque fuera licenciado en derecho y economía, nadie me daría trabajo, nadie se atrevería. Como había apoyado, o sea mi familia había apoyado, al partido que perdió la Guerra civil, no encontré trabajo. Aunque había ganado las elecciones, ese partido había perdido la guerra civil que había seguido a las elecciones.

La ausencia de libertad es la pérdida de la esperanza de vivir, de trabajar para ganar dinero, la pérdida de la forma de mejorar la vida. Sí, después de la guerra podía andar por las calles y por el campo y sentir el aire fresco. Pero la libertad significa algo más;  significa la habilidad de cambiar e influir en lo que pase en tu vida. Eso no se puede hacer si andas con miedo.

Estuve 6 años buscando la libertad. Llegué a España, tras un peligroso viaje. Llevaba tres años huyendo de los traficantes a quienes debía dinero y cinco años discutiendo con el sistema de justicia para que me reconociera como refugiado.

Un juez lo hizo cinco años y medio después del día en que dejé mi país. Hoy empiezo la vida de nuevo.

Para algunos la libertad empieza cuando pasan por la salida del trabajo y comienzan la vida personal. No puedo imaginar el día en que la libertad sea eso para mí.

Catherine Lynch

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La bella durmiente

La bella durmiente

La Bella durmió casi cien años. El Príncipe apareció y encontró la cama fría, sin vida, con la mujer más bella del mundo. Sabía qué debía hacer. La besó.

Era el primer beso para ella. Se despertó, abrió los ojos y la vio. No era como se lo imaginaba en sueños. Era bajito, con el pelo rojo,  los ojos pequeños y cansados. Después de muchas horas de viaje, su olor era mezcla de sudor y caballo sucio. No le gustó nada.

Ella vio su vida futura con el hombre que no quería. El dolor de esta visión era insoportable. Toda la corte y el pueblo esperaba su “sí”. Pero ella se quedó callada.

– ¿Quiere la Princesa ser mi esposa? – el Príncipe repitió la pregunta arrodillando.
– No – respondió ella.

Toda la gente se quedó sin aliento. El Rey estaba muy enfadado. Se levantó de repente y la abofeteó. Ella intentó protegerse pero , después de tantos años en letargo, era muy débil. Su padre la empujó furiosamente frente a todo el pueblo. Con ojos llenos de lágrimas, la Princesa no se fijó en la piedra grande y se tropezó y chocó la cabeza con otra piedra. El golpe fue fatal. En el charco de sangre la Bella empezó a dormir de nuevo, para siempre…

Julia Janiszewska

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Instrucciones para dejar a un/a novio/a

Instrucciones para dejar a un(a) novio(a)*

*Nota: Estas instrucciones sirven para terminar relaciones cortas. Para separarse de un/a novio/a de mucho tiempo, se ruega remitir a la página 42 de este manual.

1. Elija un ambiente apto. Se recomienda un café, preferiblemente con sillas poco cómodas. No planificará estar más de 10 minutos allí. Un día antes de la cita, advierta al novio/a la novia con un mensaje corto para quedar. Una frase como “tenemos que hablar” es perfectamente apropiada.

2. Al llegar a la cita, reciba al novio/a la novia con una sonrisa triste para que sepa que no todo está bien. Una ruptura ideal empezará honestamente. Después de pedir una bebida (se recomienda algo fresco, sin alcohol), pase a lo importante lo antes posible. Una frase perfectamente aceptable es la siguiente: “Quiero que terminemos”.

3. Existen varias reacciones a esa declaración. Se puede hacer un resumen en 5 categorías:

• aceptación

• susto

• confusión

• tristeza

• furia (o en casos extremos, una combinación de los cinco)

En la mayoría de los casos, se puede disminuir el trauma utilizando una de las siguientes frases:

• “No eres tú, soy yo”,

• “Sí, te quiero…como amigo/a…” o

• “Solo necesito un poco de espacio”

IMPORTANTE: Elija solo una de las tres frases. Los efectos secundarios de combinar las frases pueden ser: más confusión y más furia.

4. Mantenga la dignidad durante el proceso entero. Transmita compasión con la cabeza inclinada, asintiendo despacio. Mantenga siempre la sonrisa triste.

5. Termine la cita con un equilibrio de emoción. Un abrazo es adecuado. Para asegurase de que nunca más le llamará, despídale con: “Me alegro de que podamos ser amigos”.

Siobhan McNamara

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El niño que quería ser Dios

El niño que quería ser Dios

Era noche oscura. Nevaba muchísimo. La Noche Vieja de 2010 era la más fría de las que recuerdan los viejos habitantes de Polonia. Los últimos minutos del año estaban inquietos por el viento terrible con la gran nevada. El frío penetrante mantenía a la gente alejada de fuera. Todo el mundo prefería estar en sus casas calentando los cuerpos congelados bajo las gruesas mantas.

En esta noche en un pueblo pequeño nació un niño. El parto fue muy difícil. La madre del chico gritaba aterrorizada, luchando con toda la fuerza para dar vida a su hijo único. Antes de su último aliento, ella abrazó al niño pequeñito y contando sus últimos minutos de la vida que se le escapaba, susurró a la oreja del chico palabras de consolación y adiós:

 – Sé valiente y orgulloso mi hijo, no temas de nada ni de nadie, sé quién quieras y cuando un problema aparezca, di “¡Uno, dos, tres no existas!”. La madre solo pudo dar nombre al hijo único y se fue para siempre.

El viejo médico que asistió en el parto no tenía mujer ni niños, por eso decidió adoptar al huérfano y darle todo lo que necesitaba.

*************

A la edad de nueve años Miron  empezó a llamar la atención de la gente, especialmente de las mujeres. Era pequeño de cuerpo, con los ojos grandes y azules, las mejillas rellenas pero pálidas, y el pelo rizado. No era como otros niños. Era muy listo. Siempre preguntaba cosas difíciles. Parecía que su alma aprendía la vida más rápido que los niños de su edad.

Miron observaba el mundo con atención. La gente hablaba de que el niño tenía mucha suerte. Cuando un problema se cruzaba en su camino siempre decía: “¡Uno, dos, tres no existas!” y el problema desaparecía. Un charco grande en el parque donde pasaba, el ventisquero en su camino a casa, el camión que oscurecía el árbol con los pájaros que observaba, todos desaparecían con las palabras: “Uno, dos, tres no existas”.

Un día como hoy Miron quería hacer un muñeco de nieve pero todo su esfuerzo por encontrar dos piezas de carbón para dar ojos al muñeco fue un fracaso, solo tenía un ojo. Un niño del barrio, viendo la insatisfacción en la cara del chico, empezó a burlarse de él. Miron no podía aguantar al vecino irritante, estaba harto de su comportamiento infantil.

– Uno, dos, tres no existas – susurró y el chico desapareció, y el huérfano pudo volver a su búsqueda sin más distracciones.

Era el día de su cumpleaños. Tenía diez años. Quería ver al Rey de cuya sabiduría había oído tanto. Fue al castillo donde toda la corte estaba preparando la gran fiesta de Noche Vieja. Solo un día en todo el año el Rey hablaba con sus vasallos.

Miron entró a la sala de audiencia. El Rey le esperaba.

– ¿Cómo estás, chico amable? – le saludó el Rey. – ¿Qué ayuda necesitas?
– Mi Majestad, he oído de tu gran sabiduría y quería preguntarte por qué el mundo existe.

El Rey sonrió y dijo:

– No sé.
– Pero ¿cómo el Rey -conocido por su sabiduría profunda no lo sabe? – exclamó el niño.
– Nadie lo sabe. Es un misterio grandísimo – explicó el Rey.

El chico se sintió confundido, no podía aceptar las explicaciones miserables del Rey. Estaba muy enfadado. Miró al Rey atentamente y sus labios susurraron cinco palabras:

– Uno, dos, tres, no existas.

Y el Rey desapareció por arte de magia dejando la corte sin consolación.

*************

Miron estaba desilusionado. No encontró la respuesta que había buscado tanto tiempo. Dejó el castillo y se movió hacia casa. Decidió dar un paseo por el parque para observar los pájaros, ver cómo actúan en el frío casi insoportable.

Caminando por el mundo congelado vio a una mujer de belleza nunca vista. Estaba sentada en el banco con ojos llenas de lágrimas. La mujer parecía una princesa de otro mundo.

– ¿Por qué estas tan triste? – preguntó el chico.
– Porque el Rey desapareció y ahora estoy sola… Y tú… eres un chico muy listo y tan bonito. Siempre había querido tener un niño pero la fortuna no fue buena con nosotros… pero puedes vivir conmigo. Te doy todo. Soy la Reina. Todo el país será tuyo  – Miron lo aceptó.

La vida con la Reina era maravillosa. El niño tenía la madre que nunca había tenido. Los dos eran muy felices. Después de un año la Reina aceptó que el Rey nunca volviera y empezó a echar de menos el toque del hombre. Uno de los asesores del Reino era un hombre muy amable y fuerte. Atraía a muchas mujeres de la corte pero en su corazón tenía solo una, la Reina bella.

Era el día del once cumpleaños del Príncipe Miron. Él esperó a su querida madre para jugar con ella pero ella no fue. El niño la buscó. Buscó por casi todas las salas del castillo, solo quedaban los cuarteles de los asesores del Reino. Miron abrió las puertas de todas las salas y finalmente entró en una habitación con poca luz pero era suficiente para ver a la Reina desnuda y abrazada con el asesor más admirado en la corte.

El huérfano no gritó ni lloró, solo miró a los dos amantes. Cerró sus ojos grandes y susurró:

– Uno, dos, tres no existas, uno dos tres no existas. – Cuando abrió los ojos el cuartel estaba vacío.

Miron era sabio pero cruel. Odiaba la debilidad. Quería conquistar los países vecinos.

Era Noche Vieja. El Señor Miron tenía doce años. Sus soldados vencieron al ejército enemigo y el niño real fue al campo de batalla para celebrar la victoria. El suelo estaba tapado por los cuerpos.

El chico paseó sorteando los cuerpos y vio en la distancia una silueta negra y torcida.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó Miron acercándose a ella.
– Estoy recogiendo las almas de los derrotados para darles el nirvana – respondió la mujer torcida.
– Esta tierra es mía, lo mismo que los cuerpos, no tienes derecho a estar en mi tierra – exclamó el Señor.
– Eres solo el Rey del mundo vivo. No tienes poder sobre las almas ni sobre mí – dijo la mujer.

Miron estaba muy enfadado. En sus ojos brillaron las lágrimas de ira. Se las tragó enseguida y con voz rota susurró:

– Uno, dos, tres, no existas.

Desde ese día el pueblo del Señor Miron no murió.

La Muerte no existía, pero la gente empezó a sufrir enfermedades infecciosas y el Reino se convirtió en un mundo muy débil e infectado. Todos envejecieron muy rápido. La belleza de las mujeres desapareció. La gente era demasiado miserable para cuidar las flores, los árboles y animales. La tierra se ahogó de enfermedad.

Era Noche Vieja. El Reino enfermo quería celebrar el trece cumpleaños del Rey.

Miron se convirtió en el hombre más poderoso y sabio del mundo. Ese día del año, el pueblo podía encontrar a su Señor y preguntarle cualquier cosa.

Un chico pequeñito se acercó a Miron sentando en el trono, hizo una reverencia y con voz dulce preguntó:

– Mi Gran Majestad, me llamo Svan, soy huérfano y quería saber por qué el mundo existe.

Miron había leído miles de libros y hablado con cientos de científicos pero nadie le había dado una respuesta a la pregunta que él perseguía.

Miró bruscamente al chico pequeño, después elevó su mirada y vio su reflejo en el gran espejo, vio su cara de trece años que no parecía de trece años, vio sus ojos grandes llenos de tristeza y sintiendo una soledad insoportable Miron susurró:

– Uno, dos, tres, no existo.

Julia Janiszewska

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Feliz Navidad a la Bella Durmiente

Feliz Navidad a La Bella durmiente

Mi Bella durmiente, escribo para desearte una Feliz Navidad y un Año Nuevo pacífico.

Escribiendo esto recuerdo que dos años han pasado desde el día en el aeropuerto cuando nos encontramos y cambié mi billete de vuelo a Londres por un billete a Nueva York, para no dejarte.

Recuerdo volver triunfalmente a la sala de embarque, agarrando un billete para el mismo vuelo que el tuyo a Nueva York, y cómo me conmovió ver que te habías dormido, evidentemente agotada por tus viajes. Te vigilé mientras esperaba la llamada para nuestro vuelo, y tomé tu brazo para conducirte al avión cuando llegó el tiempo de embarcarnos. ¿Fue simplemente mi imaginación, o sentí una chispa de electricidad entre nosotros cuando te toqué esta primera vez?

Recuerdo cómo, cuando te habías sentado en el avión y yo había puesto tu maleta en el casillero, tú en seguida te hiciste un ovillo en tu asiento y te quedaste dormida. Dormías tan profundamente, recuerdo cómo te había mirado fijamente mientras dormías, encantado por tu belleza. El efecto de tu belleza no había disminuido, pero ahora me sentaba, no al lado de ti, sino al fondo del avión. Hice muchos viajes al baño solamente para vislumbrar tu cuerpo durmiente.

Recuerdo mi confusión cuando, mientras esperábamos nuestro equipaje en JFK, me dijiste que ibas a tomar un vuelto a Uruguay, tu patria. No había resuelto aún cómo podría asegurar la continuación de nuestra relación, y la idea de perderte después de todo me sumió en una profunda desesperación. ¡Cómo saltó mi corazón cuando te volviste hacia mí, mientras levantabas tu equipaje de la cinta, y preguntaste soñolientamente: “¿Pero no vas a venir conmigo?” No pude apenas creer mi suerte. ¡La mujer más bella que había visto en mi vida correspondía mis sentimientos!

Nuestra comunicación durante el viaje a tu casa en Uruguay siguió un esquema ya conocido, con conversaciones soñolientas en salas de embarque y en estaciones de autobús, y yo vigilándote, hechizado, mientras dormías durante el largo viaje en el avión, autobús, y finalmente en un taxi antiguo.

El recuerdo de nuestra llegada a la casa de tu familia a la luz del sol de la tarde sigue todavía vivo. Recuerdo la gran casa laberíntica lejos del pueblo, como si estuviera abandonada, rodeada de vegetación tupida. El jardín, invadido por las plantas donde enormes flores llenas de color inclinaban la cabeza, cada una atendida por un picaflor trabajador, y por supuesto, tu madre y tus dos hermanas, durmiendo sonoramente en hamacas colgadas entre los postes de madera en la veranda delante de la casa.

Claro, tus hermanas eran bellas aunque en mis ojos no eran ni por asomo tan bellas como mi Bella. Tu madre, una bella marchitada, tenía facciones fuertes ablandadas por una capa generosa de carnes. Con su largo pelo negro ahora rayado con gris y su cuerpo corpulento, se estremecía y se rizaba con cada ronquido raspador. Parecía una bruja algo benigna.

Mientras te cambiabas de ropa y ya que todas las otras en la casa seguían disfrutando de lo que parecía ser una siesta prolongada, exploré los extensos jardines. Claramente se habían descuidado. Noté muchas tareas pequeñas necesarias, que pensaba hacer más tarde, para ganarme a tu familia.

Cuando volví de mis exploraciones, ya no había huella de mi Bella, y tu familia seguía durmiendo audiblemente en la veranda. Observé un par de conejos muertos y unas verduras recién cogidas en la mesa, y ya que no tenía otra casa que hacer y empezaba a tener hambre, comencé a preparar un rico guiso de conejo. Cuando estaba casi preparado, saliste de tu dormitorio con una sonrisa adormilada, desperezándote y restregándote los ojos. Al mismo tiempo, una a una, tu madre y tus hermanas entraron de la veranda bostezando y se sentaron contigo en la mesa. Cada una me sonrió mientras servía el guiso pero por lo demás no mostraron ni sorpresa ni interés en mi presencia.

Madre e hijas comieron con afán, y yo tenía muchas ganas de charlar antes de la comida. Sin embargo, parecía que el guiso hacía un efecto soporífico en tu familia porque una por una os dormisteis alrededor de la mesa. Recuerdo que me sentí muy solo sentado en el silencio roto solamente por ronquidos contentos y gruñidos esporádicos del perro grande que dormía en la veranda.

***

Ya estaba oscureciendo y empecé a preguntarme dónde dormiría esa noche. Estuve a punto de comenzar a buscar un cuarto de huéspedes, cuando de repente te despertaste y sonriendo me hiciste señas para que te siguiera. Me pareció que mis fantasías más descabelladas estaban a punto de ser realizadas. Había soñado a menudo con acostarme con La Bella. Claro, no tenía en mente el sueño en sí, y me llevé una desilusión cuando te acurrucaste en la gran cama de madera e inmediatamente te dormiste. Sin embargo, me dije que compartir tu cama era una señal de que nuestra relación se hacía más íntima, cuando yacía, totalmente despierto, mirándote mientras dormías.

Debí de dormirme hacia la mañana, porque cuando me desperté había restos de comida en la mesa de cocina, y tú y tu familia os habíais acostado en vuestras hamacas en la sombra de la veranda y el aire estaba pesado con los sonidos del sueño. Como no había nada de comer en la casa, me di cuenta de que tendría que valerme por mí mismo, y por eso salí a buscar algo a la selva casi primigenia que lindaba con el jardín.

Los días pasaron rápidamente, cada uno como el anterior. Me levantaba tarde, habiendo pasado la noche despierto, fascinado por la belleza de La Bella. Tus sonidos del sueño y de tu familia me saludaban, mientras os tumbabais como leonas que se habían atiborrado de su presa. Salía para buscar comida, penetrando siempre más lejos en la espesa selva, casi esperando encontrar un dinosaurio o un lagarto volador, cada vez más enloquecido de hambre, agotamiento, y amor.

Algunos días tenía suerte y podía cazar un conejo, o coger un pescado. Una vez incluso casi separé tres cerditos salvajes de su madre enfurecida pero a menudo volvía solamente con nueces y bayas. Tú y tu familia seguíais estando lacias y sin embargo bien alimentadas comiendo lo que yo os había traído, antes de poderme levantar. A veces me daba la impresión de que recibíais otros obsequios de comida, y me imaginaba que había otros hombres fuera en la selva, enloquecidos de amor y hambre, buscando cosas buenas para ti y tu familia.

Un día, mientras buscaba comida en el páramo, vi a alguien mirándome fijamente por las ramas; descuidado, demacrado, con aspecto de loco en sus ojos. Nos contemplamos un momento, cada uno reconociéndose en el otro, antes de retirarnos horrorizados y huir sumergiéndonos en el sotobosque tan rápido como posible.

Fue en ese momento cuando reconocí que tendría que tomar medidas para cambiar mi destino. Estuve decidido a no volver a la casa del sueño. Me quedaría aquí en el páramo pues supe que no sería yo el que despierte la Bella durmiente. Pero, si no puedo ser el que te despierte, entonces me aseguraré de que nadie más te despierte tampoco y de que tu existencia soñadora continúe tranquilamente.

Os sigo dando mis ofrendas de comida mientras que tú y tu familia dormís. Y, mientras estoy sentado aquí en mi cabaña en un árbol, inspeccionando la selva contra intrusos, sueño que un día te obsequiaré con algo, quizá una invención maravillosa, que te permitirá continuar siendo mi Bella durmiente para siempre.

Stephen McFadden

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La primera vez

La primera vez

28 de diciembre 2020. Son las once de la noche. Mi última bombilla se apagará rápido. Intento disfrutar de los últimos momentos de luz. El generador de energía se sigue vaciando. No tengo otro, como la mayoría de la gente.

Una hora más y mi pequeño mundo se convertirá en el reino de la oscuridad. Hace frío y tengo frío. Es invierno, nieva mucho, recuerdo la blancura similar solo de mi niñez lejana. Estaba con mi familia en una casa caliente o jugaba con mis amigos, haciendo el muñeco de nieve. Ahora estoy sola. Me siento sola.

Mis padres murieron y mis amigos están lejos. No puedo chequear si todo está bien con ellos. Nada funciona sin energía.

La última noticia que escuché por la radio era la del meteoro. El periodista con voz de terror habló del gran meteoro que había golpeado la única fuente de energía terrestre destruyéndolo completamente. La voz advirtió que la situación era muy seria e incluso que si hubiéramos ahorrado, la energía desaparecería.

El mundo está cambiando. Es muy extraño dejar las costumbres de la vida cotidiana. Enciendo la luz pero no hay luz, enciendo mi ordenador pero no funciona, quiero preparar comida caliente pero no puedo. Los cambios van y necesito cambiar enseguida.

No puedo pensar en lo que perdí. Debo atenerme a las cosas nuevas y cómo puedo aprovecharlas.

La primavera llega rápido, traerá más luz natural y el calor. El paro de este mundo tan adicto de energía pasará y otra vez todo el mundo será manual y no automático. Todo será fresco y nuevo. Será como hacer las cosas por primera vez.

Y ahora veo el fuego fuera. Voy a hablar con mis vecinos por primera vez…

Julia Janiszewska

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