
Decisiones insignificantes se agrandan cuando se pierden de vista, por el efecto de la mala suerte, y al cabo del tiempo acaban por ocasionar molestias enormes. Las cosas pequeñas no son nada, y de golpe se vuelven notables. Es la historia de casi todas las vidas. Cuando te das cuenta de que a menudo un pequeño cambio no se conforma con ser eso, modesto y solitario, es tarde y ya solo te queda hacerte a un lado para que no te pase por encima una tromba de vicisitudes.
(Mil cosas)
Esos pañales que Travis busca pasadas las diez de la noche ponen en marcha el reloj de precisión de MIl cosas. En la obra de Juan Tallón, este mecanismo contador de tiempo se nos aparece casi de manera obsesiva: aquel padre especialista en relojería de uno de los amigos de Rewind o ese Omega que pasa de generación en generación en El mejor del mundo hasta convertirlo casi en objeto mágico de aparición desaparición en nuestras Mil cosas, en ese regalo que van a hacer a una amiga de la madre de Anne -que no usa relojes y que se pregunta al recibir el regalo «¿Para qué sirve?». Pero no vayan a preguntarle a Tallón. En una estupenda entrevista que realizó para la revista Jotdown afirmaba que «Me cuesta distinguir lo que me invento de lo que no. Podría ser un deterioro cognitivo.».
Esos pañales, esa nevera iluminada que anuncia casi la trascendencia: «pasan volando los años, se suceden las noches y <<¿Qué hay de cena hoy>>», esa ensaladilla que vuelve a comprar al supermercado, la multa en el parabrisas, ese reloj no deseado o el «Iván está sudando. Pero quién no suda hoy». La vida parece que se construye a través de las cosas, como un manual de instrucciones de uso. Quizá como ya la anticipó Perec:
Tallón acelera el mundo que anticipaba Perec a los mandos del Mitsubishi Lancer de su escritura, pero tal vez sea que nunca nos paramos a pensar en las pequeñas cosas, que no nos dejamos descansar en ese ritmo frenético de lo cotidiano, en esa aventura diaria de la cotidianidad que, sin embargo, nos construye como seres humanos, pero sin más, como por azar, como el autor afirma «no hay planes maestros, solo casualidades», aunque estén construidas con precisión de relojero. Porque en el fondo sólo somo la infinitésima parte de una mota de polvo suspendida en un rayo del sol:
Pero nosotros seguimos preocupados en encontrar los pañales. ¿Qué nos querrá contar Tallón entre tantas cosas?
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