El sábado 11 de abril celebramos el primer club de lectura del programa 4 Lecturas 4 Continentes de 2026 con el libro de Juan Tallón: Mil cosas, un excelente ejemplo del ciclo de este año dedicado al tema Tiempos modernos.
Juan Tallón es un escritor que nos despierta y nos abre caminos. Para él, cada vez que comenzamos algo, la vida se vuelve un poco más llevadera. Nacido en una pequeña aldea gallega, muy alejado de la tecnología, encontró en la literatura su principal forma de evasión. Esta circunstancia, unida a su enamoramiento platónico de su profesora de Filosofía en el instituto, lo llevó a estudiar esta disciplina, que le permitía, además, seguir leyendo. En el documental Escribir lo imposible, Tallón cuenta cuál fue su punto de partida literario: cuatro manuscritos que guarda en un lugar secreto y que nunca publicará, pero que le sirvieron como aprendizaje para todo lo que vendría después.
El paso de la filosofía al periodismo se produjo de forma natural. Su formación le aportó herramientas de pensamiento crítico, pero encontró en la escritura periodística una vía más directa para expresarse y llegar al público. Sin embargo, el periodismo también lo condujo a un nivel de estrés difícil de sostener, y, tras una llamada del entonces ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, comenzó a escribir discursos para el Ministerio de Justicia durante el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Esta etapa está narrada en El váter de Onetti.
En A pregunta perfecta, Tallón parte de un hecho tan curioso como revelador: César Aira y Roberto Bolaño nunca llegaron a conocerse, a pesar de haber estado muy cerca en varias ocasiones. A partir de ese «encuentro imposible», reflexiona de forma lúcida y original sobre la literatura, el azar y la construcción de los relatos. En Salvaje Oeste, por su parte, muestra el poder como algo difuso y cotidiano, presente no solo en la política, sino también en las estructuras sociales y laborales que influyen silenciosamente en nuestras vidas. Aunque Tallón abandonara formalmente la filosofía, lo cierto es que esta sigue presente en prácticamente toda su obra literaria.
Uno de los grandes sueños de Juan Tallón era publicar en la editorial Anagrama, algo que consiguió con la novela Rewind (2019), escrita en apenas 34 días, aunque revisada durante casi un año. La novela narra la explosión de un apartamento en Lyon donde viven varios estudiantes, una tragedia que derrumba la frágil vida de sus protagonistas con la precisión de un relojero. No es casual que en muchas de sus obras aparezcan relojes y relojeros: Tallón controla la arquitectura narrativa al milímetro. En Obra maestra (2022) aborda otro hecho real, la desaparición de una gran escultura de Richard Serra del Museo Reina Sofía. La novela se construye como un puzle que reúne a los distintos implicados en el caso y permite al lector recomponer lo ocurrido. Para algunos, funciona como un homenaje a La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. Esta obra supuso un punto de inflexión en su trayectoria y está actualmente en proceso de adaptación cinematográfica por Isaki Lacuesta. Las portadas de los libros de Tallón suelen ser especialmente sugerentes, y en esta aparece precisamente el cartel de una obra que, como se cuenta en la novela, ya no está.
El mejor del mundo (2024) parte de un elemento tan esperpéntico como fascinante: un ataúd bañado en oro promocionado por el señor Antonio Hitler Ferreiro, propietario de una funeraria en Ourense. Invitado a México para presentar su creación en una feria, una experiencia inesperada lo transforma profundamente. La novela dialoga, entre otras, con La anomalía de Hervé Le Tellier, especialmente por su manera de introducir lo extraordinario en lo cotidiano.

Los lectores del club de lectura del sábado 11 de abril se mostraron entusiasmados con Mil cosas, una novela que incita a una lectura casi compulsiva, tan acelerada como la vida de sus protagonistas. El final, inesperado y contundente, fue el gran detonante del debate: algunos confesaron haberse quedado de muy mal humor, al sentir que el escritor los hacía también responsables; otros hablaron de una profunda tristeza. Una lectora explicó que tuvo que releer la novela para descubrir cómo Tallón va anticipando sutilmente las situaciones, mientras que quienes habían consumido la obra en audiolibro o en formato electrónico confesaron haber «peleado» con el dispositivo, intentando confirmar si realmente ese era el final. Todos, salvo una persona, se sintieron identificados y golpeados por la lectura, como por un puñetazo o una bofetada literaria. Podría haber sido una novela de humor si no fuera por ese desenlace demoledor, que funciona como un reflejo de la fragilidad de la vida y de la banalidad de lo cotidiano.
Recordamos también a la recientemente galardonada con el Premio AENA, Samantha Schweblin, y el concepto de Distancia de rescate, debatido en este mismo club hace unos meses. Juan Tallón ha explicado en entrevistas que la novela nació precisamente a partir de ese final tan tremendo, construyendo hacia atrás el contexto de los personajes, con el rigor documental propio de quien fue periodista. A algunas lectoras les sorprendió un final tan radical aplicado a vidas aparentemente poco ambiciosas, lo que evitaba culpabilizarlos directamente: ¿a quién responsabilizar entonces?, ¿a la tecnología?, ¿a la actualidad?, ¿al propio ritmo de vida? Como señaló nuestro moderador, Ángel Hernando, la estrategia de Tallón es dejar al lector profundamente impactado. Frente a Fin de poema, donde los poetas se suicidan voluntariamente, bromeaba Ángel, Mil cosas nos invita a un suicidio involuntario.
Juan Tallón es también un escritor muy presente en la radio, y sus relatos, junto con las reflexiones que suscitan, nos sirvieron para detenernos y pensar en las mil cosas que nos ocupan continuamente la mente, en el aceleracionismo de nuestra vida cotidiana y en las consecuencias de vivir siempre con prisa. El tiempo se nos escapa, perdemos cosas importantes y, como concluimos ese día, necesitamos parar.
Juan Tallón no apareció finalmente en el club de lectura. La situación, casi metaliteraria, nos llevó a preguntarnos si se le habría olvidado ponerse el reloj —tan presente en sus libros— o si tendría más de mil cosas en la cabeza, pero lo que pasó es que le surgió una situación sobrevenida que le impidió estar con los lectores esa tarde. En cualquier caso, sus libros, la magnífica moderación de Ángel Hernando y el debate entre los lectores estuvieron una vez más a la altura —o incluso superaron— nuestras expectativas en este club de lectura virtual. ¡Volvemos en junio!

Nada de esto es importante. Estamos perdiendo el tiempo.
(Distancia de rescate, Samanta Schweblin)
Estamos a una jornada de encontrarnos con Tallón y nos apresuramos a finalizar todo lo que tenemos entre manos: nuestro día de trabajo, la carta que no llevamos a Correos -si todavía hay alguien que escribe y manda cartas-, el regalo que debemos comprar para la fiesta de cumpleaños del amigo de nuestro hijo, la escritura de una entrada de un blog literario, las últimas páginas de Mil cosas, …
No sabemos parar. ¿Por qué? Casi como si nos pasaran desapercibidas, las cubiertas del libro en la edición de Anagrama nos ofrecen un elemento más en esa búsqueda que nos propone el escritor: Eva Mutter ha creado una ilustración premonitoria a partir de una idea de Juan Tallón, tal y como se nos explica en los créditos del libro. Estas pequeñas figuras humanas caminando ensimismadas en su propio hacer algo. ¿Hacia dónde se dirigen? Bill Viola los ha seguido y parece que comienzan a acelerar su marcha:
Todo parece sumergirse en algunas referencias literarias que van apareciendo como si nada tuvieran que ver con lo que a Travis y a Anne les sucede y que, no obstante, van construyendo de manera natural la estructura de un relato y quizá proporcionando la clave del libro. No es, por tanto, gratuita la referencia a Eloy Tizón y su habilidad para contar la deshumanización de lo cotidiano.
Sin apenas percibirlo nos movemos como en la novela mencionada de Hans von Trotha, El brazo de Pollock, entre la civilización y la barbarie. Si caemos en la cuenta es Anne quien nos conduce a través de este hilo literario. Es ella la que menciona los libros y los autores, la que nos acerca a Azul casi transparente, de Ryu Murakami donde los protagonistas, unos chicos y chicas -jovencísimos- viven sus vidas sin pasión ni placer en un camino que parece conducirlos hacia la autodestrucción, algo así como parece que les sucede a Anne y Travis. Irvine Welsh o Julian Barnes aparecen como hitos referenciales en el desvelamiento de la trama.
Travis se referirá únicamente a El jardinero fiel, de John Le Carré, esa novela en la que la intriga nos va mostrando quién ha sido el verdadero asesino de la mujer del protagonista. Tallón parece entender precisamente quién es el responsable de que nuestra alma se nos vaya por los sumideros de la ciudad sin hacer nada por evitarlo.
En esta entrevista con Berna González Harbour las referencias literarias de Mil cosas se multiplican y nos obligan a volver una y otra vez a las páginas del libro:
Sin embargo, el libro llega a su fin y los protagonistas parece que no han sido capaces de establecer esa «distancia variabe que [les] separa de [su] hij[o] […] un hilo invisible que [les] une». ¿Cuál es la distancia que nos permitirá el rescate de nuestros hijos ¿Cuánto tardaríamos en salvarnos ante la amenaza de cualquier peligro? Como en el libro Distancia de rescate de la galardonada Schweblin sabemos que para Travis y Anne (como para todos nosotros) «tarde o temprano algo malo va a suceder». Y si no, que se lo pregunten a la última imagen de esta serie:

Para descubrir aún más no os perdáis mañana a Tallón.

No es sorprendente que sientan ansiedad, depresión o falta de esperanza quienes viven en estas condiciones, con horas de trabajo y términos de pago que pueden variar de modo infinito, en condiciones de empleo terriblemente tenues. Sin embargo, puede llamar la atención, a primera vista, que se logre persuadir a tantos trabajadores de que acepten este deterioro en las condiciones de trabajo como «naturales», y que se ponga el foco en su interioridad (ya sea en las características de su química cerebral o en la de su historia personal) para encontrar las fuentes del estrés que puedan sentir.
(Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?)
Mil cosas es una novela que paradójicamente comenzamos a leer cuando la historia termina. Como muchos de los críticos señalan el punto y final te lleva inevitablemente a volver al inicio, así Andrea Toribio en su crítica para El País apunta a dos motivos que, sin duda, es la mejor propaganda para un libro: «la primera porque cuando el libro se acaba, hay que volver al principio por un motivo que no desvelaré y que tiene que ver con la literatura y el misterio; la segunda, porque una novela de trama en apariencia lineal cambia de idea en su última página para llamar la atención sobre su estructura formal, una configuración que con el punto final altera su aspecto. Total, que al terminar tienes que empezar de nuevo, y qué bien.».
Sin embargo, más allá de lo puramente literario, el relato de Tallón -una vez finalizado- nos impulsa a una reflexión más profunda, más hacia las entrañas de nuestro ser en el mundo, de nuestra vida contemporánea, algo que subyace en el tema de nuestro club de 2026 y que es el espíritu de los Tiempos Modernos, algo a lo que se refiere la cita de Fisher con la que abrimos esta entrada del blog y que Tallón nos invita a plantearnos : “Todo comenzó por un final que se resume en una pregunta, ¿cómo nos pueden llegar a pasar esas cosas que, de entrada, pensábamos que nunca nos podrían pasar a nosotros?”. En esta entrevista al autor de Cecilia Casero para Vogue, la periodista abre su artículo así: «El último libro de Juan Tallón, Mil cosas (Anagrama) empieza cuando termina. Después de acabar la última página, arranca el viaje del lector hacia una zona oscura e indeterminada a la que nunca nadie quiere mirar.»
Por eso esta novela empieza precisamente cuando termina, porque a lo largo de la narración nos vemos atrapados por ese ritmo vertiginoso con el que Travis y Anne se mueven, caminamos con ellos identificados con ese estilo de vida de las grandes ciudades. En la entrevista de Casero, dice Tallón: “Yo sabía que iba a ser una novela corta y que iba a retratar un estilo de vida alienante en el que está instalada mucha gente, sobre todo en las grandes ciudades, con esa ansia de consumir y de estar haciendo todo el tiempo cosas para mantener la cabeza fuera del agua».
Y sin necesidad de llegar a conocer el final de la historia caminamos de la mano de ambos protagonistas tras la misma recompensa que les espera a ellos cuando llegue la noche: es su último día antes de las vacaciones, promesa de felicidad, una jornada muy particular: “Ese día, aunque es de mucho trabajo, también es un día feliz. Porque todos sabemos que en cuanto llegue la hora de salida comienza un período efervescente de descanso, de hacer cosas que te apetecen. Y quizás el mejor día de las vacaciones es el de antes de tomarlas: están por venir, no se han desgastado. El segundo día de vacaciones ya se te han ido dos. Pero en las vísperas están impolutas”, nos cuenta Tallón.
Pero en esa calma habitual de la vida corriente de las grandes urbes en la que lo importante queda oscurecido y negado por la urgencia, cuando cerramos el libro, es donde comienza la novela, una historia que no hace falta contar y que ni siquiera hace falta escribir.
Mark Fisher en su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? ilustra con una película cuáles son estos tiempos de las infinitas cosas que habitamos: «Un muchacho me dijo una vez, explica Neil McCauley, jefe del crimen organizado en el film Fuego contra fuego de Michael Mann (1995), no te comprometas con nada que no puedas sacarte de encima en treinta segundos si ves que la cosa viene mal doblando la esquina.» La escena completa es un duelo de maestros entre Pacino y De Niro y el momento concreto está hacia el minuto 2:
El eslogan es: «No hay largo plazo». Y eso -cuando llegamos al final- es monstruoso, ¿verdad?

El habitáculo de Anne carece de vistas. No le deja contemplar sino la estructura del propio cubículo, formada por tres paredes: al frente y los lados. Para ver qué hay más allá de ellas, es decir, al resto de los compañeros del departamento, y al fondo las ventanas de la sala, tiene que ponerse de pie. Pero ver cabezas como la suya, con auriculares de diadema, hablando por teléfono con gente con la que quizá nunca más cruzará palabra, y que les importan un pito a todos, tampoco es la panacea.
(Mil cosas)
En realidad, la técnica Travis nos va a ir descubriendo a Andrea Treviso, subdirector de una revista en el día de cierre y casado con Anne, la madre de su hijo Iván. A Anne, según el método Travis, la podemos adivinar desde su habitáculo, desde su cubículo, esas palabras que tan bien maneja Tallón y que visten al personaje y muestran su interior desde aquello que le rodea. Vemos que Anne está harta del departamento de atención al cliente en el que trabaja. Si algo se atisba desde esta mirada de entomólogo de la realidad cotidiana que realiza Tallón es que habitamos un mundo exponencialmente acelerado, un lugar en el que nos hemos construido o nos han dejado sobrevivir y en el que aparentemente somos felices, que es el mejor de los mundos posibles:
«Autores como Michael Cunningham (Las horas), Elizabeth Strout (Olive Kitteridge), John Williams (Stoner), Sayaka Murata (La dependienta), Haruki Murakami (Tokio blues) o Sally Rooney (Gente normal) abordaron este hastío cotidiano que atrapa al adulto, incluso en vidas que han alcanzado un supuesto grado de éxito, confort y fortuna. Henri Lefebvre criticó la rutina del día a día, que sume al ciudadano en una angustia contradictoria, puesto que en el fondo también necesita esas directrices diarias, ese molde estructural.»(Marta DOMÍNGUEZ, «La nueva novela de Juan Tallón, ‘Mil cosas’, dibuja una rutina desquiciada«, en RTVE.es, 27 de diciembre de 2025).
El espacio artificial que ha construido Marta en su oficina haría las delicias de Jean Baudrillard, el pensador del simulacro. Sin embargo, Marta crea una simulación analógica, un paisaje hecho de fotos y recortes que para ella «remiten a cierto sentido nostálgico de la vida». Tan analógico y nostálgico como «el trocito de celofán» con el que va adhiriendo las imágenes y los fragmentos de su mapa emocional a las tres paredes de su puesto de trabajo. Marta es todo aquello que allí se muestra: la ecografía de los dos meses de su hijo Iván, la caricatura que le hizo Travis sobre el anverso de un sobre del banco, la fotos familiares del fotomatón, el poema de Gelman, «Viendo a la gente andar»…
… la polaroid del Empire, la tarjeta de embarque a La Habana, el comprobante del taxi de Nueva York, un simple pósit del 25 de mayo de 2015, la tarjeta de visita de una psiquiatra, la postal navideña y aquello que cuenta la columna de Jabois, precisamente en esa columna también está Anne:
«Mientras camino pienso en las cosas que hago mal y cómo corregirlas, y en las cosas que hago bien y cómo hacerlas más a menudo. Repaso mentalmente posibles malentendidos con gente que me importa mucho, y trato de averiguar si habrán entendido mi ironía, pues si no es así a lo mejor están molestos, o reparo en que hace mucho que una persona no me escribe y no recuerdo si me saludó el otro día cuando me crucé con ella. Y entonces, a punto de desmayarme de la pena y la frustración, dejo de caminar y me siento en un banco en Madrid o en una piedra en Sanxenxo, y escribo mensajes del tipo “al final vi esta serie que me recomendaste” o “acabé este libro, te lo recomiendo”, a menudo, mintiendo, pero solo para recibir respuesta y saber que todo está bien, que la otra persona me sigue queriendo exactamente igual o, al menos, no me está odiando. Saber, en definitiva, que el mundo sigue hecho de la misma manera que dejé hecha la cama esta mañana, y ese orden y esa limpieza me llena de aire los pulmones y sigo caminando escuchando esa canción preciosa de ese grupo de mierda.» (Manuel JABOIS, «Esa canción preciosa en un álbum de mierda«, en El País, 11 de marzo de 2020)
… y la entrada al concierto de Beyoncé o la viñeta del The New Yorker o la reproducción del cuadro de la O’Keeffe…

¿De qué pequeñas porciones estará hecha nuestra simulación antes de que la aceleración lo haga todo añicos?
Juan Tallón responde: «Viví totalmente atosigado, ahora soy más un espectador de la velocidad de los demás».
Sigamos su ritmo.

Travis se vuelve con discreción para ver el panorama. Cruza una mirada con el de la camiseta de Pink Floyd. Se sonríen mutuamente.
Travis sonríe con desafecto. Tiene treinta y cinco años y le llaman señor.
(Mil cosas)
La técnica Travis hace referencia a Mark W. Travis y consiste en descubrir al personaje desde dentro sin hacer prevalecer las ideas del escritor (o actor, o director). Es el personaje el que se apodera de la trama y no tanto la intencionalidad del creador la que se impone desde afuera. Así nos lo cuenta Eduardo Said en esta entrevista:
Los protagonistas de la novela de Tallón son la pareja formada por Travis y Anne y su hijo Iván. Desde el inicio del relato nos llama la atención el nombre de los personajes del matrimonio, como si quisieran representar algo que se desajusta respecto al contexto en el que se mueven, de hecho parece que importa más lo que los personajes arrastran con su acción que el propio transcurrir de los acontecimientos. En el fondo todo lo que sucede es algo de lo más cotidiano. Pero como el propio Tallón le dice a Óscar López en la entrevista del programa Página Dos, cuando nos detenemos a observar durante un tiempo eso que nos parece tan normal y nos quedamos ahí mirando un buen rato descubrimos que se acaba convirtiendo en monstruoso.
En el artículo “Entre mil cosas y la tiranía de la novedad” de Miguel Ángel Hernández para Zenda se desvela lo que siente el lector, lo que convierte a la novela en un espejo de nuestras propias vidas: “Te ríes a carcajadas y tienes que parar cada pocas páginas para decir en voz alta: «es que es la puta verdad». El mundo real. El mundo precario del presente. Por alguna razón, no puedes evitar compararlo con la serie Poquita fe. Es ese tipo de humor que está en el límite de la tragedia cotidiana. El desastre nuestro de todos los días.”:
Uno acaba por pensar leyendo Mil cosas que nuestra propia vida se define por la técnica Travis, pero como en las novelas de Tallón y en la Fenomenología del espíritu, las cosas no son lo que parecen…
… aunque sólo a través de lo que parecen se sabe lo que las cosas son.
No dejéis de leer a Tallón.
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