Le preguntaron a asesinos seriales qué habían sentido la primera vez, si había sido escalofriante matar. No tanto, la verdad, respondieron. Se ve en las cámaras de seguridad de los restaurantes donde van los asesinos a almorzar justo antes de arrojarse a las vías, o justo después de haber matado a un niño y envolverlo debajo de la cama de un hotel. Los mozos coinciden en que tienen apetito, se los ve ligeros y cordiales. El 99 % somos normales, dicen los parricidas, es solo un 1 % la diferencia, solo eso es lo que nos separa de los criminales.
(Perder el juicio)
Ariana Hardwicz nos introduce en el relato de Perder el juicio a través del pensamiento de Lisa, la protagonista de la novela, mientras mastica chicle y merodea por el Auchan esperando encontrarse con sus hijos. La autora nos sitúa en la trama in media res, cuando ya han sucedido algunos de los acontecimientos claves de la novela y que los lectores irán descubriendo progresivamente. Es la historia personal de una mujer contada por ella misma. Según Marta Peirano en la reseña que realizó del libro para el periódico El País, el hecho de que sea precisamente ese su género parece que hiciera sospechoso todo lo que cuenta, poco creíble: «Cuando es una mujer, sin embargo, basta con que describa con precisión lo que le está pasando para provocar desconfianza. Nadie cree las cosas que le pasan a la mujer.»
Para entender mejor esta idea y comprender las inquietudes que azotan a Lisa quizá sea bueno escuchar a la propia autora desentrañar los sentidos del título en el comienzo de esta presentación:
Estamos, sin duda, ante una novela inquietante, incómoda, por momentos difícil de asumir, y que recrea nuevamente todo el universo narrativo de Harwicz, esa forma de contar que ya desde su primera novela, Matate, amor (2012), había sido capaz de mostrar la violencia que se esconde en lo más cotidiano: «Con todo, su crudeza no cae ni en el maniqueísmo ni en la inverosimilitud, sino que está puesta al servicio de una trama en que la radicalidad del dolor y la violencia nos muestran que los elementos más cotidianos de una vida pueden ser, también, los más hostiles.» (Joaquín CASTILLO, «Un desquicio poco maternal», El País -edición para Chile).
Contadnos desde vuestras lecturas cómo veis el universo Harwicz.

El club de lectura 4 lecturas 4 continentes vuelve tras el verano en el tercer encuentro de su ciclo «Tiempos modernos» con Perder el juicio, la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz. El frenesí de la vida contemporánea se va desvelando en un relato fiel heredero de esa tradición de escritoras argentinas de terror feminista, materno y medioambiental a la que pertenecen Samantha Schweblin, Mariana Enríquez, Dolores Reyes y, por supuesto, Ariana Harwicz.
Perder el juicio es el relato de una huida, de una separación, de un rapto, de una crítica familiar contado desde el lenguaje del deseo y la desesperación. A lo largo de tres semanas, los participantes del club comentarán distintos aspectos de la obra en el blog, compartiendo lecturas, reflexiones y puntos de vista.
El club culminará con un encuentro en línea con la escritora y los lectores del club, una oportunidad única para dialogar en torno a la novela y profundizar en sus temas. El libro está disponible en formato digital en la biblioteca electrónica del Instituto Cervantes. Te invitamos a sumarte a la lectura y a la conversación.
Apenas sabía nada de la vida de Rita porque al principio solo hablábamos de Dostoyevski. Su novela preferida era Los hermanos Karamázov y, al contrario que la mayoría de la gente, ella sí que se la había leído. Le gustaba mucho aquella frase de: «Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular».
El descontento
Aunque El descontento suele leerse como una sátira sobre el trabajo, también es una novela atravesada por la literatura. Marisa y Rita se reconocen en la oficina porque leen, porque odian el lenguaje corporativo y porque usan los libros como una forma de defensa. No es casual que una de las escenas más significativas las muestre en la cantina con un libro cada una: Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, y El jugador, de Dostoyevski. En ese ambiente de campañas, PowerPoints y táperes, la lectura funciona casi como una contraseña secreta. La referencia a Los hermanos Karamázov no es decorativa: introduce una mirada amarga sobre la humanidad que encaja con la vida de oficina, ese lugar donde se convive con personas a las que no se ha elegido.
Beatriz Serrano ha contado que entre los libros que la marcaron están El club de la lucha, Madame Bovary, Mi año de descanso y relajación, la saga de La amiga estupenda y El álbum blanco. Esos referentes iluminan a Marisa: de Flaubert viene la idea de una “Madame Bovary millennial”, una mujer formada e independiente que aun así es infeliz; de Moshfegh, la tentación de desaparecer o suspenderse y si pasado ese tiempo nuestro cuerpo y nuestra alma se habrán regenerado; de Palahniuk, el ritmo nervioso y repetitivo, esa ruptura del canon que cuando la descubres te cambia la vida; de Ferrante, la crudeza de los vínculos femeninos y de las relaciones de amistad, pero también de clase; y de Didion, la necesidad de ordenar el caos mediante un relato, la idea de que todos nos contamos historias para poder vivir. Aquí os dejamos el enlace para descubrirlos por la propia autora.

La escritora en muchas de sus entrevistas cuenta que una lectura paralela que realizó mientras escribía El descontento fue el libro “Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda y otros textos” de David Graeber, precisamente para ilustrar ese mundo laboral que tan bien describe en su texto . Graeber definía esos trabajos como empleos absurdos o inútiles que existen para mantenernos ocupados:
Finalmente, una conexión que ya hemos ido anticipándoos a lo largo de estas semanas, la de El descontento con las Mil cosas de Juan Tallón. Por primera vez podremos asistir en nuestro 4Lecturas/4Continentes a un encuentro doble, a un diálogo entre escritores: el de Beatriz Serrano con Juan Tallón. Los dos autores hablarán de sus trayectorias y de esos vínculos que percibimos entre las dos novelas. ¿Por qué se referencian mutuamente?
Porque después de leer ambas novelas la pregunta que nos interpela es la siguiente: ¿qué nos agota más: el trabajo en sí o la obligación de vivir toda la vida como si fuera una agenda laboral? El próximo DOMINGO podréis preguntárselo a ellos

Arsénico Caviar, el podcast de Beatriz Serrano y Guillermo Alonso, funciona como un laboratorio de quejas inteligentes: cada episodio convierte una antipatía —el trabajo, las oficinas, la ambición, la vida social, …— en conversación humorística. En el especial “Contra Beatriz – Bonus track”, grabado en directo en la Sala Berlanga, el programa aprovecha la publicación de El descontento para hacer por fin un episodio “Contra el trabajo”. Ambos, el podcast y la novela se pueden describir como en los libros de Georges Perec con una enumeración perfecta: “Oficinas, trabajo, obligaciones”, “tuppers con sabor a desdicha” y “ganas de llorar”.
Ese catálogo de cosas parece escrito para Marisa, la protagonista de El descontento. En la novela, el trabajo no aparece como realización personal, sino como representación social:
“Jugar a las oficinas es fácil si sabes cómo.”
“El trabajo es solamente un papel que hay que interpretar.”
La conexión con Arsénico Caviar es manifiesta: tanto el podcast como la novela entienden la vida adulta como una sucesión de papeles mal escritos. En la oficina hay que fingir productividad, simpatía, compromiso y hasta deseo de pertenecer. La propia Marisa lo resume de forma brutal:
“Mi trabajo consiste en ser simpática y vender humo.”
En el episodio del podcast Guillermo y Beatriz se protegen detrás de una coartada humorística: “con la excusa de que todo es ficción, nadie nos puede despedir”. Tras esa arquitectura radiofónica llena de ironía, crítica y humor resuena el propio tono de la novela: la ficción permite decir lo que en una reunión, en una evaluación del trabajo realizado o en un correo con copia al jefe no podría decirse. La literatura -y el monólogo interior desde el que nos interpela su protagonista- se convierte en el lugar donde la empleada correcta puede, por fin, pensar incorrectamente.
Una de las ideas más potentes del libro es que la jornada laboral no termina al salir de la oficina. El trabajo invade la cabeza, los nervios y hasta las formas de evasión:
“El trabajo quiere entrometerse en mi ventana al mundo.”
El episodio de Arsénico Caviar no se limita a “odiar trabajar”: habla de rutina, metro, obligaciones y apatía, es decir, de todo el ecosistema emocional que rodea el empleo. Marisa no está solo cansada de sus tareas; está cansada de sostener una identidad laboral. En una entrevista con Infobae, Serrano explica que el trabajo se había convertido en una conversación habitual entre sus amistades y habla de una “disociación generalizada” entre lo que hacemos y lo que somos.
Ahí El descontento se vuelve especialmente reconocible: no denuncia únicamente los malos trabajos, sino los trabajos aparentemente buenos. Marisa tiene empleo, cargo, sueldo y oficina. El problema es que todo eso no basta para construir sentido. No podemos dejar de ver a Marisa tras el maravilloso personaje que interpreta Toni Collette en Clockwatcher, la película de Jill Sprecher de 1997:
La pregunta que deja Contra Beatriz junto a El descontento no es si trabajar cansa. Eso ya lo sabemos. La pregunta es más incómoda: ¿cuánto de nuestra personalidad diaria es una actuación laboral? ¿Cuántas veces sonreímos, respondemos, asentimos o nos mostramos disponibles solo porque “jugar a las oficinas” exige conocer el guion?
Marisa no es exactamente una rebelde. Es alguien que ha aprendido demasiado bien las reglas del juego y, precisamente por eso, empieza a romperse. El podcast lo formula desde la sátira; la novela, desde la ficción. Ambos llegan al mismo lugar: el trabajo contemporáneo no solo compra tiempo, también coloniza el lenguaje, la imaginación y la forma en que nos presentamos ante los demás. Tras esta idea envuelta en el humor y la ironía resuenan las palabras de La ideología alemana de Karl Marx: «la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante». Por eso Arsénico Caviar puede ser la mejor manera de ejercer la denuncia, la crítica y la llamada a la acción:
Me meto en una cuenta que se llama «Niños Haciendo Cagadas». Veo un vídeo de un niño al que le lanzan una pelota de plástico gigante, que rebota contra él y hace que se caiga a la piscina. Me muero de risa. Le doy like, pero decido no retuitear porque mi retuit anterior era demasiado serio y no quiero que nadie piense que no tengo línea editorial mental. Friego la taza de café, me calzo unas sandalias, guardo el táper en el bolso y salgo a la calle.
El descontento
Una de las claves de El descontento, de Beatriz Serrano, está en su estilo: una primera persona rápida, sarcástica y muy pegada al lenguaje cotidiano. Marisa no cuenta su vida con solemnidad, sino con una mezcla de lucidez, cinismo y cansancio: “Jugar a las oficinas es fácil si sabes cómo” o “El trabajo es solamente un papel que hay que interpretar” resumen muy bien esa mirada. La oficina aparece como un teatro absurdo donde todos fingen productividad, entusiasmo y pertenencia.
Ese tono ha sido uno de los aspectos más comentados por la crítica. La novela se define como “divertida, ácida, corrosiva y en el fondo tan amarga”, una fórmula que encaja muy bien con la voz de Marisa: nos hace reír, pero casi siempre desde un lugar incómodo. En la misma línea, en la crítica de Silvia @mientrasleos para Zenda destaca que Serrano construye “una mirada tan crítica a la sociedad actual como perturbadora y divertida” y acaba llamando a la autora “una taxidermista social”, porque disecciona con precisión la fachada de éxito, productividad y normalidad. Y es que Serrano nos provoca constantemente en ese juego entre la verdad y la ficción en el que el humor permanece latente como en esta entrevista de admisión a un búnker del fin del mundo a la que la escritora se presenta para seguir contándonos de alguna manera qué se esconde en El descontento:
El lenguaje de la novela también funciona como parodia del mundo corporativo. Serrano introduce anglicismos —brief, team building, fake it till you make it— no para adornar, sino para mostrar el vacío que muchas veces esconden. Marisa lo expresa con una frase brutalmente simple: “Mi trabajo consiste en ser simpática y vender humo.” Charo Lagares en El País nos cuenta que «Esta head of creative strategy no aguanta un briefing ni un insight más. En la treintena, Marisa no digiere que durante el resto de su vida deba ir cinco días a la semana a trabajar.» Sin embargo, la protagonista de la novela más que fundirse en las necesidades de su oficina y hacerlas suyas como sus compañeros se sobrepone a la mediocridad y el lugar común a través del humor: «El humor ahorma a la protagonista de la novela, que se ríe de sí misma y de la holgazanería intelectual de cualquiera que cacaree frente a ella una frase hecha. Finta, con carcajadas, los tentáculos del pesimismo.» (Charo Lagares, en El País).
“Doctora García, ¿dígame?”
“La carótida no tiene que darte miedo, José Luis.”
“Gracias, confiemos en que el bypass funcione.”
El descontento
El humor en la novela se manifiesta de diferentes maneras. En este pasaje nace de la desproporción: Marisa se siente culpable por comprar de madrugada en un supermercado abierto 24 horas y decide justificarse ante los empleados fingiendo que es una médica salvando vidas. La escena es absurda, pero también reveladora: incluso en un gesto cotidiano como hacer la compra, la protagonista necesita inventarse un papel socialmente aceptable. Es una de las formas más características del humor de Serrano: exagerado, teatral y, al mismo tiempo, muy triste. En esta entrevista con Aimar Bretos nos habla de esta escena y de otras muchas intimidades de la novela:
¿Qué pensáis de Marisa? ¿Cómo pensáis que resolverá esas mil cosas que la angustian?
Comentarios recientes / Son yapılan yorumlar