
Arsénico Caviar, el podcast de Beatriz Serrano y Guillermo Alonso, funciona como un laboratorio de quejas inteligentes: cada episodio convierte una antipatía —el trabajo, las oficinas, la ambición, la vida social, …— en conversación humorística. En el especial “Contra Beatriz – Bonus track”, grabado en directo en la Sala Berlanga, el programa aprovecha la publicación de El descontento para hacer por fin un episodio “Contra el trabajo”. Ambos, el podcast y la novela se pueden describir como en los libros de Georges Perec con una enumeración perfecta: “Oficinas, trabajo, obligaciones”, “tuppers con sabor a desdicha” y “ganas de llorar”.
Ese catálogo de cosas parece escrito para Marisa, la protagonista de El descontento. En la novela, el trabajo no aparece como realización personal, sino como representación social:
“Jugar a las oficinas es fácil si sabes cómo.”
“El trabajo es solamente un papel que hay que interpretar.”
La conexión con Arsénico Caviar es manifiesta: tanto el podcast como la novela entienden la vida adulta como una sucesión de papeles mal escritos. En la oficina hay que fingir productividad, simpatía, compromiso y hasta deseo de pertenecer. La propia Marisa lo resume de forma brutal:
“Mi trabajo consiste en ser simpática y vender humo.”
En el episodio del podcast Guillermo y Beatriz se protegen detrás de una coartada humorística: “con la excusa de que todo es ficción, nadie nos puede despedir”. Tras esa arquitectura radiofónica llena de ironía, crítica y humor resuena el propio tono de la novela: la ficción permite decir lo que en una reunión, en una evaluación del trabajo realizado o en un correo con copia al jefe no podría decirse. La literatura -y el monólogo interior desde el que nos interpela su protagonista- se convierte en el lugar donde la empleada correcta puede, por fin, pensar incorrectamente.
Una de las ideas más potentes del libro es que la jornada laboral no termina al salir de la oficina. El trabajo invade la cabeza, los nervios y hasta las formas de evasión:
“El trabajo quiere entrometerse en mi ventana al mundo.”
El episodio de Arsénico Caviar no se limita a “odiar trabajar”: habla de rutina, metro, obligaciones y apatía, es decir, de todo el ecosistema emocional que rodea el empleo. Marisa no está solo cansada de sus tareas; está cansada de sostener una identidad laboral. En una entrevista con Infobae, Serrano explica que el trabajo se había convertido en una conversación habitual entre sus amistades y habla de una “disociación generalizada” entre lo que hacemos y lo que somos.
Ahí El descontento se vuelve especialmente reconocible: no denuncia únicamente los malos trabajos, sino los trabajos aparentemente buenos. Marisa tiene empleo, cargo, sueldo y oficina. El problema es que todo eso no basta para construir sentido. No podemos dejar de ver a Marisa tras el maravilloso personaje que interpreta Toni Collette en Clockwatcher, la película de Jill Sprecher de 1997:
La pregunta que deja Contra Beatriz junto a El descontento no es si trabajar cansa. Eso ya lo sabemos. La pregunta es más incómoda: ¿cuánto de nuestra personalidad diaria es una actuación laboral? ¿Cuántas veces sonreímos, respondemos, asentimos o nos mostramos disponibles solo porque “jugar a las oficinas” exige conocer el guion?
Marisa no es exactamente una rebelde. Es alguien que ha aprendido demasiado bien las reglas del juego y, precisamente por eso, empieza a romperse. El podcast lo formula desde la sátira; la novela, desde la ficción. Ambos llegan al mismo lugar: el trabajo contemporáneo no solo compra tiempo, también coloniza el lenguaje, la imaginación y la forma en que nos presentamos ante los demás. Tras esta idea envuelta en el humor y la ironía resuenan las palabras de La ideología alemana de Karl Marx: «la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante». Por eso Arsénico Caviar puede ser la mejor manera de ejercer la denuncia, la crítica y la llamada a la acción:
Me meto en una cuenta que se llama «Niños Haciendo Cagadas». Veo un vídeo de un niño al que le lanzan una pelota de plástico gigante, que rebota contra él y hace que se caiga a la piscina. Me muero de risa. Le doy like, pero decido no retuitear porque mi retuit anterior era demasiado serio y no quiero que nadie piense que no tengo línea editorial mental. Friego la taza de café, me calzo unas sandalias, guardo el táper en el bolso y salgo a la calle.
El descontento
Una de las claves de El descontento, de Beatriz Serrano, está en su estilo: una primera persona rápida, sarcástica y muy pegada al lenguaje cotidiano. Marisa no cuenta su vida con solemnidad, sino con una mezcla de lucidez, cinismo y cansancio: “Jugar a las oficinas es fácil si sabes cómo” o “El trabajo es solamente un papel que hay que interpretar” resumen muy bien esa mirada. La oficina aparece como un teatro absurdo donde todos fingen productividad, entusiasmo y pertenencia.
Ese tono ha sido uno de los aspectos más comentados por la crítica. La novela se define como “divertida, ácida, corrosiva y en el fondo tan amarga”, una fórmula que encaja muy bien con la voz de Marisa: nos hace reír, pero casi siempre desde un lugar incómodo. En la misma línea, en la crítica de Silvia @mientrasleos para Zenda destaca que Serrano construye “una mirada tan crítica a la sociedad actual como perturbadora y divertida” y acaba llamando a la autora “una taxidermista social”, porque disecciona con precisión la fachada de éxito, productividad y normalidad. Y es que Serrano nos provoca constantemente en ese juego entre la verdad y la ficción en el que el humor permanece latente como en esta entrevista de admisión a un búnker del fin del mundo a la que la escritora se presenta para seguir contándonos de alguna manera qué se esconde en El descontento:
El lenguaje de la novela también funciona como parodia del mundo corporativo. Serrano introduce anglicismos —brief, team building, fake it till you make it— no para adornar, sino para mostrar el vacío que muchas veces esconden. Marisa lo expresa con una frase brutalmente simple: “Mi trabajo consiste en ser simpática y vender humo.” Charo Lagares en El País nos cuenta que «Esta head of creative strategy no aguanta un briefing ni un insight más. En la treintena, Marisa no digiere que durante el resto de su vida deba ir cinco días a la semana a trabajar.» Sin embargo, la protagonista de la novela más que fundirse en las necesidades de su oficina y hacerlas suyas como sus compañeros se sobrepone a la mediocridad y el lugar común a través del humor: «El humor ahorma a la protagonista de la novela, que se ríe de sí misma y de la holgazanería intelectual de cualquiera que cacaree frente a ella una frase hecha. Finta, con carcajadas, los tentáculos del pesimismo.» (Charo Lagares, en El País).
“Doctora García, ¿dígame?”
“La carótida no tiene que darte miedo, José Luis.”
“Gracias, confiemos en que el bypass funcione.”
El descontento
El humor en la novela se manifiesta de diferentes maneras. En este pasaje nace de la desproporción: Marisa se siente culpable por comprar de madrugada en un supermercado abierto 24 horas y decide justificarse ante los empleados fingiendo que es una médica salvando vidas. La escena es absurda, pero también reveladora: incluso en un gesto cotidiano como hacer la compra, la protagonista necesita inventarse un papel socialmente aceptable. Es una de las formas más características del humor de Serrano: exagerado, teatral y, al mismo tiempo, muy triste. En esta entrevista con Aimar Bretos nos habla de esta escena y de otras muchas intimidades de la novela:
¿Qué pensáis de Marisa? ¿Cómo pensáis que resolverá esas mil cosas que la angustian?

El Museo del Prado es mi lugar preferido de Madrid junto con el Carrefour 24 horas de Quevedo. Los dos lugares son amplios, limpios, ordenados y tienen aire acondicionado. Por separado, son dos lugares que tienen todo lo que le puedo pedir a la vida: uno de ellos me alimenta el cuerpo, el otro nutre mi alma.
El descontento
Algunas lecturas del libro de Beatriz Serrano han querido incidir en su reivindicación de malestar generacional, sobre todo desde el punto de vista laboral, un estar insertos en una rueda aburrida y mecánica de la que no podemos escapar. La autora en una entrevista para Esquire destaca esta circunstancia: «Marisa en el libro está en modo supervivencia y no ha llegado al punto de rendirse del todo. La novela transcurre en una semana y está estructurada en capítulos que alternan la parte de rutina laboral y la parte en la que sale, en donde siempre tiene una experiencia nueva. Ella intenta agarrarse a determinadas tablitas de salvación, ya sea el Museo del Prado, el Carrefour de Quevedo, quedar con su amiga o quedar con su vecino.»
Sin embargo, tras esa demanda treintañera y una posible reclamación de la generación X contra justamente la generación anterior, quizás la novela quiera mostrarnos algo diferente. Como señala la escritora en alguna entrevista, la clave puede estar en el inicio de la película de 1994 Reality bites, de Ben Stiller:
Ese discurso de la protagonista de la película en su graduación y esa conclusión sobre la imposibilidad de saber qué se puede hacer es el escenario en el que penetramos en la novela de Serrano. O mejor dicho, Marisa se encuentra, de alguna manera, como esos jóvenes un tanto desencantados de la película que beben, fuman y cantan en la azotea. Marisa refleja una realidad que es transgeneracional, aquella que se produce cuando la vida nos hace pasar de las esperanzas y expectativas juveniles a la constatación de que el trabajo que nos ha correspondido no refleja exactamente ese mundo ideal que nos imaginamos: «Cuando tenía dieciocho años y comencé a estudiar Historia del Arte, mi sueño era trabajar en el Museo del Prado, […] En 2006, con mi título bajo el brazo y en una España que parecía que nunca se iba a romper, un creativo alocado al que conocí en una discoteca decidió darme una oportunidad para entrar a trabajar en su agencia de publicidad» (El descontento).
De repente, nos damos cuenta que estamos entregados a un trabajo repetitivo y absurdo, alejado de las cosas importantes de la vida -también de la nuestra- y que además nos produce ansiedad, malestar, descontento y que lo único a lo que podemos aspirar son a pequeñas tablillas de salvación: en el caso de Marisa, estas se manifiestan en el Museo del Prado, el Carrefour de Quevedo, los vídeos de youtube o el Orfidal. En realidad, sustitutivos para paliar la insatisfacción en la que nos encontramos instalados y huir de la realidad: «Y en el libro también quería situar al mismo nivel las drogas legales y las ilegales, ambas vías de escape, porque me parece súper hipócrita que naturalicemos tanto que tomemos un somnífero por la noche, un Orfidal por la mañana, unos antidepresivos en época de estrés, y luego vemos con tan malos ojos que el viernes se llame al camello. Al final, el síntoma es el mismo, las razones que conducen a la ingesta de una droga u otra son iguales.» (Beatriz Serrano en la entrevista de Esquire)

Ninguno queremos estar pero seguimos consumiendo miles de cosas para permanecer. La escritora destaca que, al final, nos acabamos pareciendo mucho a esos habitantes de Un mundo feliz, de Aldous Huxley que necesitaban el soma.
Además, la protagonista tiene que recurrir a unas tablillas de maldición («Una tablilla de maldición (en latín defixio, y en griego κατάδεσμος katádesmos) era un medio frecuente para maldecir en el mundo grecorromano, por el que alguien pedía a uno o más dioses que dañasen a otros, con frecuencia como venganza»), casi como una estrategia para seguir manteniendo el tipo, unas tablillas que serían el complemento de las otras, las de salvación, y que reflejan el universo laboral en el que muchas personas tienen que convivir. En el caso de Marisa acude a estas tablas en diferentes pasajes de la novela y son numerosos los nombres de los que va inscribiendo a golpe de reflexión, de monólogo interior: el director general de su empresa cuando anuncia la reunión del team building, Natalia, su ayudante, por su servilismo, Ramón, su jefe directo, por su incompetencia e insustancialidad, a Maika, la directora de cuentas, por su prepotencia y cinismo, y, probablemente, a casi todos los compañeros de su oficina.
Pero Marisa no quiere pasar al tercer tríptico del cuadro de El Bosco, el del Infierno: «Trago saliva. No soy capaz de dirigir mi mirada hacia el infierno porque ya paso demasiado tiempo en él». Y, sin embargo, es el panel en el que más gente deposita su mirada, ¿por qué?
¿Hacia dónde dirige Marisa su mirada, de momento?

Ocupar ocho horas de lunes a viernes en una tarea alienante e insatisfactoria, rodeada de gente con la que me veía forzada a tener conversaciones infructuosas y aburridas, con todos aquellos absurdos lugares comunes sobre hipotecas o plazas de garaje o las palabras que dicen mal sus hijos o la última serie que habían visto en Netflix. Todo ese tiempo regalado a otros en vez de estar en mi casa leyendo o dibujando o simplemente mirando el techo, semidesnuda, observando las grietas. No soportaba la idea de estar obligada a vivir esa pantomima de oficina a perpetuidad para poder pagarme cosas como un alquiler o la comida o un libro o un fin de semana en la playa. Me desmoronaba cada mañana cuando sonaba el despertador porque la vida, vivida de este modo, me parecía una tragedia mal escrita, aburrida y estéril, sin gracia y, lo peor de todo, sin contenido, y sentía ganas de coger por los hombros a gente aleatoria de camino al trabajo para preguntarles por qué ellos no estaban igual que yo.
El descontento
Marisa, la protagonista de la novela de Beatriz Serrano, por momentos se nos presenta como en la performance del artista taiwanés Tehching Hsieh, quien durante un año fichó cada hora en un reloj de control, como si toda su existencia hubiera quedado reducida a una jornada laboral infinita. La pieza convierte la rutina en una forma de encierro: no hay jefe visible, pero sí una obligación constante que ordena el sueño, el cuerpo y el pensamiento. Como en la novela, el problema no es solo trabajar, sino vivir bajo la sensación de que el trabajo siempre vuelve a reclamarlo todo.
Sin embargo, en El descontento, la autora convierte el malestar laboral en una novela de humor negro, ansiedad y supervivencia cotidiana. Marisa no es heroína ni ejemplo: es, más bien, un espejo incómodo. La crítica ha destacado que «la novela retrata con mucha lucidez ese bucle peligroso en el que el trabajo va desplazando todo lo demás: la vida personal, el descanso, los vínculos y, finalmente, la salud. No porque el empleo sea necesariamente horrible, sino porque la obligación de ir a trabajar, día tras día, ocho horas, cinco días a la semana, se convierte en una losa existencial. Y eso, Serrano lo expresa sin adornos, sin moralejas explícitas y con un humor ácido que aligera, pero no disimula, el fondo amargo.» (Reseña: «El descontento», de Beatriz Serrano, por Alberto Berenguer).
La escritora en una entrevista para Vogue contaba que «Marisa es víctima y verdugo del sistema como creo que al final lo somos todos. Erramos y somos figuras que podemos generar muchísima ambivalencia”. Al final, la protagonista soporta toda la frustración que le genera al trabajo con blísters de lorazepam, alcohol y la droga creativa que le proporciona Pablo, su vecino, amigo y amante ocasional.
De esta dialéctica entre la imposición laboral y la satisfacción evasiva del placer a la que nos somete la sociedad contemporánea y que tan bien refleja este relato dan cuenta por ejemplo pensadores como Mark Fisher quien en su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? señala que «la tendencia actual es que prácticamente todas las formas de empleo se vuelven precarias. En palabra de Franco Berardi, el Capital ya no recluta a las personas sino que compra paquetes de tiempo separados de sus portadores, ocasionales e intercambiables. Estos paquetes de tiempo no tienen ninguna conexión nocional con una persona con derechos o necesidades: simplemente se encuentran disponible o no en el mercado». Una reflexión parecida hace la escritora en esta entrevista que os dejamos para que sigáis descubriendo lo que se oculta detrás de este descontento:
¿Quién no se atreve a recordar al Travis de Tallón entre los juegos de oficina de Marisa? ¿Qué pensarán los lectores?

En el año 2016, la obsesión de Internet durante unos larguísimos quince minutos fue el estado físico y mental de una youtuber inglesa llamada Marina Joyce. Joyce era una especie de princesita cursi y aniñada, de largos tirabuzones rubios y enormes ojos azules, que subía inocentes vídeos en los que se probaba ropa de colores pastel, abría cajas con regalos que le enviaban distintas marcas o comía dulces que le resultaban exóticos por ser, sencillamente, de algún país asiático. Y gracias a esa difusa línea de Internet, en la que a menudo eres incapaz de discernir si estás viendo un contenido erótico o familiar (o, quizás, las dos cosas al mismo tiempo), la comunidad que seguía a Marina Joyce era heterogénea y sorprendente: desde niñas pequeñas que querían lucir los mismos vestidos rosas que lucía Joyce hasta señores calvos de cincuenta y muchos años que, seguramente, se masturbaban con los vídeos en los que aparecía comiendo helado.
El descontento
Este es el inicio de la novela de Beatriz Serrano. La protagonista, Marisa, se siente identificada con el caso real de esta youtuber, Marina Joyce, quien en 2016 protagonizó la controversia que narra la autora: «Pienso en Marina Joyce en la fría sala de reuniones que he reservado para una llamada […] Pienso también en que si la policía llegase alertada por algún ser querido en estos momentos tampoco encontraría nada sospechoso.» ¿Qué hay detrás de Marina Joyce?

Y, sobre todo, ¿qué hay detrás de Marisa (Joyce)? «La chica que un día parecía divertirse tras la pantalla hoy parece adormecida, atolondrada e incluso drogada.
En este caso no se equivocarían en ninguno de los tres supuestos».
Beatriz Serrano narra desde la primera persona la vida de Marisa, una mujer atrapada entre ansiolíticos y vídeos de Youtube, asfixiada en un trabajo rutinario y vacío en una agencia de publicidad. La autora pretende a través de su protagonista implicarnos en esa lucha por la supervivencia y contra el desencanto que puede ser la vida, la vida de los tiempos modernos.
La escritora nos da muchas pistas de este inicio en el programa de RTVE Página Dos
¿Estáis de acuerdo con la autora?
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