
El habitáculo de Anne carece de vistas. No le deja contemplar sino la estructura del propio cubículo, formada por tres paredes: al frente y los lados. Para ver qué hay más allá de ellas, es decir, al resto de los compañeros del departamento, y al fondo las ventanas de la sala, tiene que ponerse de pie. Pero ver cabezas como la suya, con auriculares de diadema, hablando por teléfono con gente con la que quizá nunca más cruzará palabra, y que les importan un pito a todos, tampoco es la panacea.
(Mil cosas)
En realidad, la técnica Travis nos va a ir descubriendo a Andrea Treviso, subdirector de una revista en el día de cierre y casado con Anne, la madre de su hijo Iván. A Anne, según el método Travis, la podemos adivinar desde su habitáculo, desde su cubículo, esas palabras que tan bien maneja Tallón y que visten al personaje y muestran su interior desde aquello que le rodea. Vemos que Anne está harta del departamento de atención al cliente en el que trabaja. Si algo se atisba desde esta mirada de entomólogo de la realidad cotidiana que realiza Tallón es que habitamos un mundo exponencialmente acelerado, un lugar en el que nos hemos construido o nos han dejado sobrevivir y en el que aparentemente somos felices, que es el mejor de los mundos posibles:
«Autores como Michael Cunningham (Las horas), Elizabeth Strout (Olive Kitteridge), John Williams (Stoner), Sayaka Murata (La dependienta), Haruki Murakami (Tokio blues) o Sally Rooney (Gente normal) abordaron este hastío cotidiano que atrapa al adulto, incluso en vidas que han alcanzado un supuesto grado de éxito, confort y fortuna. Henri Lefebvre criticó la rutina del día a día, que sume al ciudadano en una angustia contradictoria, puesto que en el fondo también necesita esas directrices diarias, ese molde estructural.»(Marta DOMÍNGUEZ, «La nueva novela de Juan Tallón, ‘Mil cosas’, dibuja una rutina desquiciada«, en RTVE.es, 27 de diciembre de 2025).
El espacio artificial que ha construido Marta en su oficina haría las delicias de Jean Baudrillard, el pensador del simulacro. Sin embargo, Marta crea una simulación analógica, un paisaje hecho de fotos y recortes que para ella «remiten a cierto sentido nostálgico de la vida». Tan analógico y nostálgico como «el trocito de celofán» con el que va adhiriendo las imágenes y los fragmentos de su mapa emocional a las tres paredes de su puesto de trabajo. Marta es todo aquello que allí se muestra: la ecografía de los dos meses de su hijo Iván, la caricatura que le hizo Travis sobre el anverso de un sobre del banco, la fotos familiares del fotomatón, el poema de Gelman, «Viendo a la gente andar»…
… la polaroid del Empire, la tarjeta de embarque a La Habana, el comprobante del taxi de Nueva York, un simple pósit del 25 de mayo de 2015, la tarjeta de visita de una psiquiatra, la postal navideña y aquello que cuenta la columna de Jabois, precisamente en esa columna también está Anne:
«Mientras camino pienso en las cosas que hago mal y cómo corregirlas, y en las cosas que hago bien y cómo hacerlas más a menudo. Repaso mentalmente posibles malentendidos con gente que me importa mucho, y trato de averiguar si habrán entendido mi ironía, pues si no es así a lo mejor están molestos, o reparo en que hace mucho que una persona no me escribe y no recuerdo si me saludó el otro día cuando me crucé con ella. Y entonces, a punto de desmayarme de la pena y la frustración, dejo de caminar y me siento en un banco en Madrid o en una piedra en Sanxenxo, y escribo mensajes del tipo “al final vi esta serie que me recomendaste” o “acabé este libro, te lo recomiendo”, a menudo, mintiendo, pero solo para recibir respuesta y saber que todo está bien, que la otra persona me sigue queriendo exactamente igual o, al menos, no me está odiando. Saber, en definitiva, que el mundo sigue hecho de la misma manera que dejé hecha la cama esta mañana, y ese orden y esa limpieza me llena de aire los pulmones y sigo caminando escuchando esa canción preciosa de ese grupo de mierda.» (Manuel JABOIS, «Esa canción preciosa en un álbum de mierda«, en El País, 11 de marzo de 2020)
… y la entrada al concierto de Beyoncé o la viñeta del The New Yorker o la reproducción del cuadro de la O’Keeffe…

¿De qué pequeñas porciones estará hecha nuestra simulación antes de que la aceleración lo haga todo añicos?
Juan Tallón responde: «Viví totalmente atosigado, ahora soy más un espectador de la velocidad de los demás».
Sigamos su ritmo.
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