
No es sorprendente que sientan ansiedad, depresión o falta de esperanza quienes viven en estas condiciones, con horas de trabajo y términos de pago que pueden variar de modo infinito, en condiciones de empleo terriblemente tenues. Sin embargo, puede llamar la atención, a primera vista, que se logre persuadir a tantos trabajadores de que acepten este deterioro en las condiciones de trabajo como «naturales», y que se ponga el foco en su interioridad (ya sea en las características de su química cerebral o en la de su historia personal) para encontrar las fuentes del estrés que puedan sentir.
(Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?)
Mil cosas es una novela que paradójicamente comenzamos a leer cuando la historia termina. Como muchos de los críticos señalan el punto y final te lleva inevitablemente a volver al inicio, así Andrea Toribio en su crítica para El País apunta a dos motivos que, sin duda, es la mejor propaganda para un libro: «la primera porque cuando el libro se acaba, hay que volver al principio por un motivo que no desvelaré y que tiene que ver con la literatura y el misterio; la segunda, porque una novela de trama en apariencia lineal cambia de idea en su última página para llamar la atención sobre su estructura formal, una configuración que con el punto final altera su aspecto. Total, que al terminar tienes que empezar de nuevo, y qué bien.».
Sin embargo, más allá de lo puramente literario, el relato de Tallón -una vez finalizado- nos impulsa a una reflexión más profunda, más hacia las entrañas de nuestro ser en el mundo, de nuestra vida contemporánea, algo que subyace en el tema de nuestro club de 2026 y que es el espíritu de los Tiempos Modernos, algo a lo que se refiere la cita de Fisher con la que abrimos esta entrada del blog y que Tallón nos invita a plantearnos : “Todo comenzó por un final que se resume en una pregunta, ¿cómo nos pueden llegar a pasar esas cosas que, de entrada, pensábamos que nunca nos podrían pasar a nosotros?”. En esta entrevista al autor de Cecilia Casero para Vogue, la periodista abre su artículo así: «El último libro de Juan Tallón, Mil cosas (Anagrama) empieza cuando termina. Después de acabar la última página, arranca el viaje del lector hacia una zona oscura e indeterminada a la que nunca nadie quiere mirar.»
Por eso esta novela empieza precisamente cuando termina, porque a lo largo de la narración nos vemos atrapados por ese ritmo vertiginoso con el que Travis y Anne se mueven, caminamos con ellos identificados con ese estilo de vida de las grandes ciudades. En la entrevista de Casero, dice Tallón: “Yo sabía que iba a ser una novela corta y que iba a retratar un estilo de vida alienante en el que está instalada mucha gente, sobre todo en las grandes ciudades, con esa ansia de consumir y de estar haciendo todo el tiempo cosas para mantener la cabeza fuera del agua».
Y sin necesidad de llegar a conocer el final de la historia caminamos de la mano de ambos protagonistas tras la misma recompensa que les espera a ellos cuando llegue la noche: es su último día antes de las vacaciones, promesa de felicidad, una jornada muy particular: “Ese día, aunque es de mucho trabajo, también es un día feliz. Porque todos sabemos que en cuanto llegue la hora de salida comienza un período efervescente de descanso, de hacer cosas que te apetecen. Y quizás el mejor día de las vacaciones es el de antes de tomarlas: están por venir, no se han desgastado. El segundo día de vacaciones ya se te han ido dos. Pero en las vísperas están impolutas”, nos cuenta Tallón.
Pero en esa calma habitual de la vida corriente de las grandes urbes en la que lo importante queda oscurecido y negado por la urgencia, cuando cerramos el libro, es donde comienza la novela, una historia que no hace falta contar y que ni siquiera hace falta escribir.
Mark Fisher en su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? ilustra con una película cuáles son estos tiempos de las infinitas cosas que habitamos: «Un muchacho me dijo una vez, explica Neil McCauley, jefe del crimen organizado en el film Fuego contra fuego de Michael Mann (1995), no te comprometas con nada que no puedas sacarte de encima en treinta segundos si ves que la cosa viene mal doblando la esquina.» La escena completa es un duelo de maestros entre Pacino y De Niro y el momento concreto está hacia el minuto 2:
El eslogan es: «No hay largo plazo». Y eso -cuando llegamos al final- es monstruoso, ¿verdad?
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