
Nada de esto es importante. Estamos perdiendo el tiempo.
(Distancia de rescate, Samanta Schweblin)
Estamos a una jornada de encontrarnos con Tallón y nos apresuramos a finalizar todo lo que tenemos entre manos: nuestro día de trabajo, la carta que no llevamos a Correos -si todavía hay alguien que escribe y manda cartas-, el regalo que debemos comprar para la fiesta de cumpleaños del amigo de nuestro hijo, la escritura de una entrada de un blog literario, las últimas páginas de Mil cosas, …
No sabemos parar. ¿Por qué? Casi como si nos pasaran desapercibidas, las cubiertas del libro en la edición de Anagrama nos ofrecen un elemento más en esa búsqueda que nos propone el escritor: Eva Mutter ha creado una ilustración premonitoria a partir de una idea de Juan Tallón, tal y como se nos explica en los créditos del libro. Estas pequeñas figuras humanas caminando ensimismadas en su propio hacer algo. ¿Hacia dónde se dirigen? Bill Viola los ha seguido y parece que comienzan a acelerar su marcha:
Todo parece sumergirse en algunas referencias literarias que van apareciendo como si nada tuvieran que ver con lo que a Travis y a Anne les sucede y que, no obstante, van construyendo de manera natural la estructura de un relato y quizá proporcionando la clave del libro. No es, por tanto, gratuita la referencia a Eloy Tizón y su habilidad para contar la deshumanización de lo cotidiano.
Sin apenas percibirlo nos movemos como en la novela mencionada de Hans von Trotha, El brazo de Pollock, entre la civilización y la barbarie. Si caemos en la cuenta es Anne quien nos conduce a través de este hilo literario. Es ella la que menciona los libros y los autores, la que nos acerca a Azul casi transparente, de Ryu Murakami donde los protagonistas, unos chicos y chicas -jovencísimos- viven sus vidas sin pasión ni placer en un camino que parece conducirlos hacia la autodestrucción, algo así como parece que les sucede a Anne y Travis. Irvine Welsh o Julian Barnes aparecen como hitos referenciales en el desvelamiento de la trama.
Travis se referirá únicamente a El jardinero fiel, de John Le Carré, esa novela en la que la intriga nos va mostrando quién ha sido el verdadero asesino de la mujer del protagonista. Tallón parece entender precisamente quién es el responsable de que nuestra alma se nos vaya por los sumideros de la ciudad sin hacer nada por evitarlo.
En esta entrevista con Berna González Harbour las referencias literarias de Mil cosas se multiplican y nos obligan a volver una y otra vez a las páginas del libro:
Sin embargo, el libro llega a su fin y los protagonistas parece que no han sido capaces de establecer esa «distancia variabe que [les] separa de [su] hij[o] […] un hilo invisible que [les] une». ¿Cuál es la distancia que nos permitirá el rescate de nuestros hijos ¿Cuánto tardaríamos en salvarnos ante la amenaza de cualquier peligro? Como en el libro Distancia de rescate de la galardonada Schweblin sabemos que para Travis y Anne (como para todos nosotros) «tarde o temprano algo malo va a suceder». Y si no, que se lo pregunten a la última imagen de esta serie:

Para descubrir aún más no os perdáis mañana a Tallón.

No es sorprendente que sientan ansiedad, depresión o falta de esperanza quienes viven en estas condiciones, con horas de trabajo y términos de pago que pueden variar de modo infinito, en condiciones de empleo terriblemente tenues. Sin embargo, puede llamar la atención, a primera vista, que se logre persuadir a tantos trabajadores de que acepten este deterioro en las condiciones de trabajo como «naturales», y que se ponga el foco en su interioridad (ya sea en las características de su química cerebral o en la de su historia personal) para encontrar las fuentes del estrés que puedan sentir.
(Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?)
Mil cosas es una novela que paradójicamente comenzamos a leer cuando la historia termina. Como muchos de los críticos señalan el punto y final te lleva inevitablemente a volver al inicio, así Andrea Toribio en su crítica para El País apunta a dos motivos que, sin duda, es la mejor propaganda para un libro: «la primera porque cuando el libro se acaba, hay que volver al principio por un motivo que no desvelaré y que tiene que ver con la literatura y el misterio; la segunda, porque una novela de trama en apariencia lineal cambia de idea en su última página para llamar la atención sobre su estructura formal, una configuración que con el punto final altera su aspecto. Total, que al terminar tienes que empezar de nuevo, y qué bien.».
Sin embargo, más allá de lo puramente literario, el relato de Tallón -una vez finalizado- nos impulsa a una reflexión más profunda, más hacia las entrañas de nuestro ser en el mundo, de nuestra vida contemporánea, algo que subyace en el tema de nuestro club de 2026 y que es el espíritu de los Tiempos Modernos, algo a lo que se refiere la cita de Fisher con la que abrimos esta entrada del blog y que Tallón nos invita a plantearnos : “Todo comenzó por un final que se resume en una pregunta, ¿cómo nos pueden llegar a pasar esas cosas que, de entrada, pensábamos que nunca nos podrían pasar a nosotros?”. En esta entrevista al autor de Cecilia Casero para Vogue, la periodista abre su artículo así: «El último libro de Juan Tallón, Mil cosas (Anagrama) empieza cuando termina. Después de acabar la última página, arranca el viaje del lector hacia una zona oscura e indeterminada a la que nunca nadie quiere mirar.»
Por eso esta novela empieza precisamente cuando termina, porque a lo largo de la narración nos vemos atrapados por ese ritmo vertiginoso con el que Travis y Anne se mueven, caminamos con ellos identificados con ese estilo de vida de las grandes ciudades. En la entrevista de Casero, dice Tallón: “Yo sabía que iba a ser una novela corta y que iba a retratar un estilo de vida alienante en el que está instalada mucha gente, sobre todo en las grandes ciudades, con esa ansia de consumir y de estar haciendo todo el tiempo cosas para mantener la cabeza fuera del agua».
Y sin necesidad de llegar a conocer el final de la historia caminamos de la mano de ambos protagonistas tras la misma recompensa que les espera a ellos cuando llegue la noche: es su último día antes de las vacaciones, promesa de felicidad, una jornada muy particular: “Ese día, aunque es de mucho trabajo, también es un día feliz. Porque todos sabemos que en cuanto llegue la hora de salida comienza un período efervescente de descanso, de hacer cosas que te apetecen. Y quizás el mejor día de las vacaciones es el de antes de tomarlas: están por venir, no se han desgastado. El segundo día de vacaciones ya se te han ido dos. Pero en las vísperas están impolutas”, nos cuenta Tallón.
Pero en esa calma habitual de la vida corriente de las grandes urbes en la que lo importante queda oscurecido y negado por la urgencia, cuando cerramos el libro, es donde comienza la novela, una historia que no hace falta contar y que ni siquiera hace falta escribir.
Mark Fisher en su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? ilustra con una película cuáles son estos tiempos de las infinitas cosas que habitamos: «Un muchacho me dijo una vez, explica Neil McCauley, jefe del crimen organizado en el film Fuego contra fuego de Michael Mann (1995), no te comprometas con nada que no puedas sacarte de encima en treinta segundos si ves que la cosa viene mal doblando la esquina.» La escena completa es un duelo de maestros entre Pacino y De Niro y el momento concreto está hacia el minuto 2:
El eslogan es: «No hay largo plazo». Y eso -cuando llegamos al final- es monstruoso, ¿verdad?

El habitáculo de Anne carece de vistas. No le deja contemplar sino la estructura del propio cubículo, formada por tres paredes: al frente y los lados. Para ver qué hay más allá de ellas, es decir, al resto de los compañeros del departamento, y al fondo las ventanas de la sala, tiene que ponerse de pie. Pero ver cabezas como la suya, con auriculares de diadema, hablando por teléfono con gente con la que quizá nunca más cruzará palabra, y que les importan un pito a todos, tampoco es la panacea.
(Mil cosas)
En realidad, la técnica Travis nos va a ir descubriendo a Andrea Treviso, subdirector de una revista en el día de cierre y casado con Anne, la madre de su hijo Iván. A Anne, según el método Travis, la podemos adivinar desde su habitáculo, desde su cubículo, esas palabras que tan bien maneja Tallón y que visten al personaje y muestran su interior desde aquello que le rodea. Vemos que Anne está harta del departamento de atención al cliente en el que trabaja. Si algo se atisba desde esta mirada de entomólogo de la realidad cotidiana que realiza Tallón es que habitamos un mundo exponencialmente acelerado, un lugar en el que nos hemos construido o nos han dejado sobrevivir y en el que aparentemente somos felices, que es el mejor de los mundos posibles:
«Autores como Michael Cunningham (Las horas), Elizabeth Strout (Olive Kitteridge), John Williams (Stoner), Sayaka Murata (La dependienta), Haruki Murakami (Tokio blues) o Sally Rooney (Gente normal) abordaron este hastío cotidiano que atrapa al adulto, incluso en vidas que han alcanzado un supuesto grado de éxito, confort y fortuna. Henri Lefebvre criticó la rutina del día a día, que sume al ciudadano en una angustia contradictoria, puesto que en el fondo también necesita esas directrices diarias, ese molde estructural.»(Marta DOMÍNGUEZ, «La nueva novela de Juan Tallón, ‘Mil cosas’, dibuja una rutina desquiciada«, en RTVE.es, 27 de diciembre de 2025).
El espacio artificial que ha construido Marta en su oficina haría las delicias de Jean Baudrillard, el pensador del simulacro. Sin embargo, Marta crea una simulación analógica, un paisaje hecho de fotos y recortes que para ella «remiten a cierto sentido nostálgico de la vida». Tan analógico y nostálgico como «el trocito de celofán» con el que va adhiriendo las imágenes y los fragmentos de su mapa emocional a las tres paredes de su puesto de trabajo. Marta es todo aquello que allí se muestra: la ecografía de los dos meses de su hijo Iván, la caricatura que le hizo Travis sobre el anverso de un sobre del banco, la fotos familiares del fotomatón, el poema de Gelman, «Viendo a la gente andar»…
… la polaroid del Empire, la tarjeta de embarque a La Habana, el comprobante del taxi de Nueva York, un simple pósit del 25 de mayo de 2015, la tarjeta de visita de una psiquiatra, la postal navideña y aquello que cuenta la columna de Jabois, precisamente en esa columna también está Anne:
«Mientras camino pienso en las cosas que hago mal y cómo corregirlas, y en las cosas que hago bien y cómo hacerlas más a menudo. Repaso mentalmente posibles malentendidos con gente que me importa mucho, y trato de averiguar si habrán entendido mi ironía, pues si no es así a lo mejor están molestos, o reparo en que hace mucho que una persona no me escribe y no recuerdo si me saludó el otro día cuando me crucé con ella. Y entonces, a punto de desmayarme de la pena y la frustración, dejo de caminar y me siento en un banco en Madrid o en una piedra en Sanxenxo, y escribo mensajes del tipo “al final vi esta serie que me recomendaste” o “acabé este libro, te lo recomiendo”, a menudo, mintiendo, pero solo para recibir respuesta y saber que todo está bien, que la otra persona me sigue queriendo exactamente igual o, al menos, no me está odiando. Saber, en definitiva, que el mundo sigue hecho de la misma manera que dejé hecha la cama esta mañana, y ese orden y esa limpieza me llena de aire los pulmones y sigo caminando escuchando esa canción preciosa de ese grupo de mierda.» (Manuel JABOIS, «Esa canción preciosa en un álbum de mierda«, en El País, 11 de marzo de 2020)
… y la entrada al concierto de Beyoncé o la viñeta del The New Yorker o la reproducción del cuadro de la O’Keeffe…

¿De qué pequeñas porciones estará hecha nuestra simulación antes de que la aceleración lo haga todo añicos?
Juan Tallón responde: «Viví totalmente atosigado, ahora soy más un espectador de la velocidad de los demás».
Sigamos su ritmo.

Travis se vuelve con discreción para ver el panorama. Cruza una mirada con el de la camiseta de Pink Floyd. Se sonríen mutuamente.
Travis sonríe con desafecto. Tiene treinta y cinco años y le llaman señor.
(Mil cosas)
La técnica Travis hace referencia a Mark W. Travis y consiste en descubrir al personaje desde dentro sin hacer prevalecer las ideas del escritor (o actor, o director). Es el personaje el que se apodera de la trama y no tanto la intencionalidad del creador la que se impone desde afuera. Así nos lo cuenta Eduardo Said en esta entrevista:
Los protagonistas de la novela de Tallón son la pareja formada por Travis y Anne y su hijo Iván. Desde el inicio del relato nos llama la atención el nombre de los personajes del matrimonio, como si quisieran representar algo que se desajusta respecto al contexto en el que se mueven, de hecho parece que importa más lo que los personajes arrastran con su acción que el propio transcurrir de los acontecimientos. En el fondo todo lo que sucede es algo de lo más cotidiano. Pero como el propio Tallón le dice a Óscar López en la entrevista del programa Página Dos, cuando nos detenemos a observar durante un tiempo eso que nos parece tan normal y nos quedamos ahí mirando un buen rato descubrimos que se acaba convirtiendo en monstruoso.
En el artículo “Entre mil cosas y la tiranía de la novedad” de Miguel Ángel Hernández para Zenda se desvela lo que siente el lector, lo que convierte a la novela en un espejo de nuestras propias vidas: “Te ríes a carcajadas y tienes que parar cada pocas páginas para decir en voz alta: «es que es la puta verdad». El mundo real. El mundo precario del presente. Por alguna razón, no puedes evitar compararlo con la serie Poquita fe. Es ese tipo de humor que está en el límite de la tragedia cotidiana. El desastre nuestro de todos los días.”:
Uno acaba por pensar leyendo Mil cosas que nuestra propia vida se define por la técnica Travis, pero como en las novelas de Tallón y en la Fenomenología del espíritu, las cosas no son lo que parecen…
… aunque sólo a través de lo que parecen se sabe lo que las cosas son.
No dejéis de leer a Tallón.

Decisiones insignificantes se agrandan cuando se pierden de vista, por el efecto de la mala suerte, y al cabo del tiempo acaban por ocasionar molestias enormes. Las cosas pequeñas no son nada, y de golpe se vuelven notables. Es la historia de casi todas las vidas. Cuando te das cuenta de que a menudo un pequeño cambio no se conforma con ser eso, modesto y solitario, es tarde y ya solo te queda hacerte a un lado para que no te pase por encima una tromba de vicisitudes.
(Mil cosas)
Esos pañales que Travis busca pasadas las diez de la noche ponen en marcha el reloj de precisión de MIl cosas. En la obra de Juan Tallón, este mecanismo contador de tiempo se nos aparece casi de manera obsesiva: aquel padre especialista en relojería de uno de los amigos de Rewind o ese Omega que pasa de generación en generación en El mejor del mundo hasta convertirlo casi en objeto mágico de aparición desaparición en nuestras Mil cosas, en ese regalo que van a hacer a una amiga de la madre de Anne -que no usa relojes y que se pregunta al recibir el regalo «¿Para qué sirve?». Pero no vayan a preguntarle a Tallón. En una estupenda entrevista que realizó para la revista Jotdown afirmaba que «Me cuesta distinguir lo que me invento de lo que no. Podría ser un deterioro cognitivo.».
Esos pañales, esa nevera iluminada que anuncia casi la trascendencia: «pasan volando los años, se suceden las noches y <<¿Qué hay de cena hoy>>», esa ensaladilla que vuelve a comprar al supermercado, la multa en el parabrisas, ese reloj no deseado o el «Iván está sudando. Pero quién no suda hoy». La vida parece que se construye a través de las cosas, como un manual de instrucciones de uso. Quizá como ya la anticipó Perec:
Tallón acelera el mundo que anticipaba Perec a los mandos del Mitsubishi Lancer de su escritura, pero tal vez sea que nunca nos paramos a pensar en las pequeñas cosas, que no nos dejamos descansar en ese ritmo frenético de lo cotidiano, en esa aventura diaria de la cotidianidad que, sin embargo, nos construye como seres humanos, pero sin más, como por azar, como el autor afirma «no hay planes maestros, solo casualidades», aunque estén construidas con precisión de relojero. Porque en el fondo sólo somos la infinitésima parte de una mota de polvo suspendida en un rayo del sol:
Pero nosotros seguimos preocupados en encontrar los pañales. ¿Qué nos querrá contar Tallón entre tantas cosas?
Comentarios recientes / Son yapılan yorumlar