
Ocupar ocho horas de lunes a viernes en una tarea alienante e insatisfactoria, rodeada de gente con la que me veía forzada a tener conversaciones infructuosas y aburridas, con todos aquellos absurdos lugares comunes sobre hipotecas o plazas de garaje o las palabras que dicen mal sus hijos o la última serie que habían visto en Netflix. Todo ese tiempo regalado a otros en vez de estar en mi casa leyendo o dibujando o simplemente mirando el techo, semidesnuda, observando las grietas. No soportaba la idea de estar obligada a vivir esa pantomima de oficina a perpetuidad para poder pagarme cosas como un alquiler o la comida o un libro o un fin de semana en la playa. Me desmoronaba cada mañana cuando sonaba el despertador porque la vida, vivida de este modo, me parecía una tragedia mal escrita, aburrida y estéril, sin gracia y, lo peor de todo, sin contenido, y sentía ganas de coger por los hombros a gente aleatoria de camino al trabajo para preguntarles por qué ellos no estaban igual que yo.
El descontento
Marisa, la protagonista de la novela de Beatriz Serrano, por momentos se nos presenta como en la performance del artista taiwanés Tehching Hsieh, quien durante un año fichó cada hora en un reloj de control, como si toda su existencia hubiera quedado reducida a una jornada laboral infinita. La pieza convierte la rutina en una forma de encierro: no hay jefe visible, pero sí una obligación constante que ordena el sueño, el cuerpo y el pensamiento. Como en la novela, el problema no es solo trabajar, sino vivir bajo la sensación de que el trabajo siempre vuelve a reclamarlo todo.
Sin embargo, en El descontento, la autora convierte el malestar laboral en una novela de humor negro, ansiedad y supervivencia cotidiana. Marisa no es heroína ni ejemplo: es, más bien, un espejo incómodo. La crítica ha destacado que «la novela retrata con mucha lucidez ese bucle peligroso en el que el trabajo va desplazando todo lo demás: la vida personal, el descanso, los vínculos y, finalmente, la salud. No porque el empleo sea necesariamente horrible, sino porque la obligación de ir a trabajar, día tras día, ocho horas, cinco días a la semana, se convierte en una losa existencial. Y eso, Serrano lo expresa sin adornos, sin moralejas explícitas y con un humor ácido que aligera, pero no disimula, el fondo amargo.» (Reseña: «El descontento», de Beatriz Serrano, por Alberto Berenguer).
La escritora en una entrevista para Vogue contaba que «Marisa es víctima y verdugo del sistema como creo que al final lo somos todos. Erramos y somos figuras que podemos generar muchísima ambivalencia”. Al final, la protagonista soporta toda la frustración que le genera al trabajo con blísters de lorazepam, alcohol y la droga creativa que le proporciona Pablo, su vecino, amigo y amante ocasional.
De esta dialéctica entre la imposición laboral y la satisfacción evasiva del placer a la que nos somete la sociedad contemporánea y que tan bien refleja este relato dan cuenta por ejemplo pensadores como Mark Fisher quien en su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? señala que «la tendencia actual es que prácticamente todas las formas de empleo se vuelven precarias. En palabra de Franco Berardi, el Capital ya no recluta a las personas sino que compra paquetes de tiempo separados de sus portadores, ocasionales e intercambiables. Estos paquetes de tiempo no tienen ninguna conexión nocional con una persona con derechos o necesidades: simplemente se encuentran disponible o no en el mercado». Una reflexión parecida hace la escritora en esta entrevista que os dejamos para que sigáis descubriendo lo que se oculta detrás de este descontento:
¿Quién no se atreve a recordar al Travis de Tallón entre los juegos de oficina de Marisa? ¿Qué pensarán los lectores?
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