Me meto en una cuenta que se llama «Niños Haciendo Cagadas». Veo un vídeo de un niño al que le lanzan una pelota de plástico gigante, que rebota contra él y hace que se caiga a la piscina. Me muero de risa. Le doy like, pero decido no retuitear porque mi retuit anterior era demasiado serio y no quiero que nadie piense que no tengo línea editorial mental. Friego la taza de café, me calzo unas sandalias, guardo el táper en el bolso y salgo a la calle.
El descontento
Una de las claves de El descontento, de Beatriz Serrano, está en su estilo: una primera persona rápida, sarcástica y muy pegada al lenguaje cotidiano. Marisa no cuenta su vida con solemnidad, sino con una mezcla de lucidez, cinismo y cansancio: “Jugar a las oficinas es fácil si sabes cómo” o “El trabajo es solamente un papel que hay que interpretar” resumen muy bien esa mirada. La oficina aparece como un teatro absurdo donde todos fingen productividad, entusiasmo y pertenencia.
Ese tono ha sido uno de los aspectos más comentados por la crítica. La novela se define como “divertida, ácida, corrosiva y en el fondo tan amarga”, una fórmula que encaja muy bien con la voz de Marisa: nos hace reír, pero casi siempre desde un lugar incómodo. En la misma línea, en la crítica de Silvia @mientrasleos para Zenda destaca que Serrano construye “una mirada tan crítica a la sociedad actual como perturbadora y divertida” y acaba llamando a la autora “una taxidermista social”, porque disecciona con precisión la fachada de éxito, productividad y normalidad. Y es que Serrano nos provoca constantemente en ese juego entre la verdad y la ficción en el que el humor permanece latente como en esta entrevista de admisión a un búnker del fin del mundo a la que la escritora se presenta para seguir contándonos de alguna manera qué se esconde en El descontento:
El lenguaje de la novela también funciona como parodia del mundo corporativo. Serrano introduce anglicismos —brief, team building, fake it till you make it— no para adornar, sino para mostrar el vacío que muchas veces esconden. Marisa lo expresa con una frase brutalmente simple: “Mi trabajo consiste en ser simpática y vender humo.” Charo Lagares en El País nos cuenta que «Esta head of creative strategy no aguanta un briefing ni un insight más. En la treintena, Marisa no digiere que durante el resto de su vida deba ir cinco días a la semana a trabajar.» Sin embargo, la protagonista de la novela más que fundirse en las necesidades de su oficina y hacerlas suyas como sus compañeros se sobrepone a la mediocridad y el lugar común a través del humor: «El humor ahorma a la protagonista de la novela, que se ríe de sí misma y de la holgazanería intelectual de cualquiera que cacaree frente a ella una frase hecha. Finta, con carcajadas, los tentáculos del pesimismo.» (Charo Lagares, en El País).
“Doctora García, ¿dígame?”
“La carótida no tiene que darte miedo, José Luis.”
“Gracias, confiemos en que el bypass funcione.”
El descontento
El humor en la novela se manifiesta de diferentes maneras. En este pasaje nace de la desproporción: Marisa se siente culpable por comprar de madrugada en un supermercado abierto 24 horas y decide justificarse ante los empleados fingiendo que es una médica salvando vidas. La escena es absurda, pero también reveladora: incluso en un gesto cotidiano como hacer la compra, la protagonista necesita inventarse un papel socialmente aceptable. Es una de las formas más características del humor de Serrano: exagerado, teatral y, al mismo tiempo, muy triste. En esta entrevista con Aimar Bretos nos habla de esta escena y de otras muchas intimidades de la novela:
¿Qué pensáis de Marisa? ¿Cómo pensáis que resolverá esas mil cosas que la angustian?
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