
El Museo del Prado es mi lugar preferido de Madrid junto con el Carrefour 24 horas de Quevedo. Los dos lugares son amplios, limpios, ordenados y tienen aire acondicionado. Por separado, son dos lugares que tienen todo lo que le puedo pedir a la vida: uno de ellos me alimenta el cuerpo, el otro nutre mi alma.
El descontento
Algunas lecturas del libro de Beatriz Serrano han querido incidir en su reivindicación de malestar generacional, sobre todo desde el punto de vista laboral, un estar insertos en una rueda aburrida y mecánica de la que no podemos escapar. La autora en una entrevista para Esquire destaca esta circunstancia: «Marisa en el libro está en modo supervivencia y no ha llegado al punto de rendirse del todo. La novela transcurre en una semana y está estructurada en capítulos que alternan la parte de rutina laboral y la parte en la que sale, en donde siempre tiene una experiencia nueva. Ella intenta agarrarse a determinadas tablitas de salvación, ya sea el Museo del Prado, el Carrefour de Quevedo, quedar con su amiga o quedar con su vecino.»
Sin embargo, tras esa demanda treintañera y una posible reclamación de la generación X contra justamente la generación anterior, quizás la novela quiera mostrarnos algo diferente. Como señala la escritora en alguna entrevista, la clave puede estar en el inicio de la película de 1994 Reality bites, de Ben Stiller:
Ese discurso de la protagonista de la película en su graduación y esa conclusión sobre la imposibilidad de saber qué se puede hacer es el escenario en el que penetramos en la novela de Serrano. O mejor dicho, Marisa se encuentra, de alguna manera, como esos jóvenes un tanto desencantados de la película que beben, fuman y cantan en la azotea. Marisa refleja una realidad que es transgeneracional, aquella que se produce cuando la vida nos hace pasar de las esperanzas y expectativas juveniles a la constatación de que el trabajo que nos ha correspondido no refleja exactamente ese mundo ideal que nos imaginamos: «Cuando tenía dieciocho años y comencé a estudiar Historia del Arte, mi sueño era trabajar en el Museo del Prado, […] En 2006, con mi título bajo el brazo y en una España que parecía que nunca se iba a romper, un creativo alocado al que conocí en una discoteca decidió darme una oportunidad para entrar a trabajar en su agencia de publicidad» (El descontento).
De repente, nos damos cuenta que estamos entregados a un trabajo repetitivo y absurdo, alejado de las cosas importantes de la vida -también de la nuestra- y que además nos produce ansiedad, malestar, descontento y que lo único a lo que podemos aspirar son a pequeñas tablillas de salvación: en el caso de Marisa, estas se manifiestan en el Museo del Prado, el Carrefour de Quevedo, los vídeos de youtube o el Orfidal. En realidad, sustitutivos para paliar la insatisfacción en la que nos encontramos instalados y huir de la realidad: «Y en el libro también quería situar al mismo nivel las drogas legales y las ilegales, ambas vías de escape, porque me parece súper hipócrita que naturalicemos tanto que tomemos un somnífero por la noche, un Orfidal por la mañana, unos antidepresivos en época de estrés, y luego vemos con tan malos ojos que el viernes se llame al camello. Al final, el síntoma es el mismo, las razones que conducen a la ingesta de una droga u otra son iguales.» (Beatriz Serrano en la entrevista de Esquire)

Ninguno queremos estar pero seguimos consumiendo miles de cosas para permanecer. La escritora destaca que, al final, nos acabamos pareciendo mucho a esos habitantes de Un mundo feliz, de Aldous Huxley que necesitaban el soma.
Además, la protagonista tiene que recurrir a unas tablillas de maldición («Una tablilla de maldición (en latín defixio, y en griego κατάδεσμος katádesmos) era un medio frecuente para maldecir en el mundo grecorromano, por el que alguien pedía a uno o más dioses que dañasen a otros, con frecuencia como venganza»), casi como una estrategia para seguir manteniendo el tipo, unas tablillas que serían el complemento de las otras, las de salvación, y que reflejan el universo laboral en el que muchas personas tienen que convivir. En el caso de Marisa acude a estas tablas en diferentes pasajes de la novela y son numerosos los nombres de los que va inscribiendo a golpe de reflexión, de monólogo interior: el director general de su empresa cuando anuncia la reunión del team building, Natalia, su ayudante, por su servilismo, Ramón, su jefe directo, por su incompetencia e insustancialidad, a Maika, la directora de cuentas, por su prepotencia y cinismo, y, probablemente, a casi todos los compañeros de su oficina.
Pero Marisa no quiere pasar al tercer tríptico del cuadro de El Bosco, el del Infierno: «Trago saliva. No soy capaz de dirigir mi mirada hacia el infierno porque ya paso demasiado tiempo en él». Y, sin embargo, es el panel en el que más gente deposita su mirada, ¿por qué?
¿Hacia dónde dirige Marisa su mirada, de momento?
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