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Blog del Instituto Cervantes de Estambul

Biblioteca Álvaro Mutis

Un libro, cuatro manos y muchas lenguas

Una de las tareas más apasionantes en los cursos de ELE es crear cadáveres exquisitos, emular esa técnica surrealista en la que construimos una obra compartida para que los estudiantes colaboren entre sí en un ejercicio de expresión escrita. La idea está basada en un juego de mesa en el que se escribía por turno en una hoja de papel, la cual doblaban ocultando parte de la escritura y después pasaban al siguiente jugador para que continuara el texto. El pintor surrealista Max Ernst pensaba que era un barómetro de los contagios que se producían en un círculo de creadores. Pablo Neruda y Federico García Lorca los llamaron poemas al alimón y Nicanor Parra y Vicente Huidobro quebrantahuesos. Sin embargo, muchos de los profesores de español dudan de que esta técnica sea algo más allá que un divertimento en el aprendizaje de una lengua, aunque para los teóricos de la estética resulte una anticipación del proceso de cuestionamiento de la autoría en la obra de arte, concepto que adquirirá su época dorada con la posmodernidad.

Dos ideas, la del cadáver exquisito y la del cuestionamiento del autor, que apuntan a uno los aspectos más llamativos del proceso creativo de Trilogía de los años oscuros: nos referimos a la escritura a cuatro manos. “Escribir a cuatro manos es un ejercicio de colaboración íntima que obliga también al desapego constante, algo que rompe con lo que se suele entender como autoría. Y es también un ejercicio de debate constante porque dos voces nombrando el mundo implica trabajar con la armonía para buscar un pensamiento polifónico.”, afirma en su web Martha Zein.

Fuente: El difícil arte de escribir a cuatro manos por Librotea | Librotea (elpais.com)

El próximo sábado podremos preguntar a Rosa Ribas cómo fue su método de trabajo a cuatro manos con Sabine Hofmann. Mientras, os dejamos este extracto de una de las numerosas entrevistas concedidas por las autoras con motivo de la publicación de Don de lenguas:

“Sabine y yo nos conocemos desde que trabajábamos juntas en la Universidad de Frankfurt. Allí ya habíamos escrito un relato largo en común y nos quedamos con ganas de repetir la experiencia, pero ya con un proyecto de mayor envergadura.

El proceso creativo ha sido, por supuesto, muy distinto al trabajo en solitario. Desde el principio, en la fase de planificación de la novela, hasta el final, ha sido necesario discutir ideas, ponerse de acuerdo o no, decidir, compartir informaciones, … Trabajoso pero enriquecedor. Después nos hemos repartido los capítulos a partir de los diferentes personajes (cada una tenía una constelación de personajes) y, una vez teníamos el texto completo, nos tradujimos. Porque cada una escribió en su propio idioma. Al traducirnos mutuamente, al adoptar la mirada crítica y atenta del traductor, pasamos el texto por un tamiz muy fino. El resultado han sido dos manuscritos completos, uno en español y el otro en alemán.”

Aprovechamos la singularidad de la coautoría para incluir una breve semblanza de Sabine Hofmann:

Nació en Bochum, Alemania, en 1964. Estudió Filología Románica y Germánica y ha trabajado numerosos años como docente en la Universidad de Frankfurt, donde conoció a Rosa Ribas, y donde surgió un proceso de colaboración y amistad que cristalizó en la trilogía de la que Don de lenguas es su obra inaugural.

Fuente: «Don de lenguas» Rosa Ribas & Sabine Hofmann (elblogdelafabula.blogspot.com)

Este arte de la tolerancia, la generosidad y el riesgo que constituye la creación de obras conjuntas, si bien es un género poco explotado, tiene múltiples referentes a lo largo de la historia de la literatura: no por ser los primeros, pero sí por ser representantes del surrealismo, escuela que fue laboratorio de la experimentación artística, tenemos los ejemplos de André Breton y Philippe Soupault, en Los campos magnéticos (1920) (“Esta noche somos dos frente a este río que desborda nuestra desesperación”), o del propio Breton y Paul Éluard en La inmaculada concepción (1930).

Entre los clásicos contamos con los poetas románticos Wordsworth y Coleridge en Baladas líricas (1798); con Wilkie Collins y Chales Dickens, en el XIX, con Calle sin salida (1867); sin olvidarnos de la fructífera colaboración entre Joseph Conrad y Ford Madox Ford en las novelas Los herederos  (1901), Romance (1903) y La naturaleza de un crimen  (1923), y que según Ezra Pound lograron la misma transformación para la prosa inglesa que la que había logrado Flaubert para la francesa.

Además, no podemos obviar la contribución a la causa de la poliescritura de la generación beat: Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques  (2005), el libro autobiográfico de Kerouac y Burroughs; o desde otro horizonte literario la desmesura de Diario de Sintra (2012), obra escrita no a cuatro sino a seis manos por Christopher Isherwood, W. H. Auden y Stephen Spender; ni ignorar el trabajo de Gilles Deleuze y Felix Guattari en el campo de la filosofía (¿Qué es filosofía?, 1991, o El Antiedipo, 1972, entre otros). Recientemente Stephen King, el maestro del terror, ha publicado un libro escrito con su hijo Owen, Las bellas durmientes (2017).

Si ponemos el foco en la literatura en castellano, hay que evocar una obra que descansaría seguramente en alguno de los estantes de la biblioteca imaginaria de Borges y que, por el contrario, duerme en el catálogo de ausencias de dos premios Nobel: la novela que debían haber escrito Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa sobre la guerra que enfrentó a Colombia y Perú en 1932 y 1933 y que, desgraciadamente, nunca vio la luz. Sin embargo, la obra que sí reposa en los anaqueles de Borges es la de Horacio Bustos Domecq o la de Suárez Lynch, heterónimos de la pareja Borges y Bioy Casares. Bustos Domecq escribió Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) y Suárez Lynch Un modelo para la muerte (1946); los dos son el mismo suplantador del que Borges confiesa que “acabó adueñándose de la situación. Era el tercer hombre que a la larga terminó dirigiéndonos con mano de hierro”.

A finales del siglo XX tenemos los ejemplos de Roberto Bolaño y A.G. Porta, quienes trabajaron juntos en guiones o cuentos antes de escribir la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984); de los Pérez Reverte, Arturo y su hija Carlota, en la primera entrega de Alatriste (1996); o de Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero con una obra aparecida también en 1996, Impares, fila 13. Benítez Reyes afirmó en su momento que la experiencia fue fascinante, pero que no repetiría porque “con la edad, uno se vuelve más maniático, más solitario, más temeroso de salirse de sí mismo”.

A.G. Porta evoca su amistad con Roberto Bolaño con motivo de la exposición «Archivo Bolaño. 1997-2003, celebrada en el CCCB en 2013

Y de fecha más cercana son las de Vicente Molina Foix y Luis Cremades, El invitado amargo (2014); la de Graciela Montes y Ema Wolf , El turno del escriba, premio Alfaguara 2005 ; o el premio Anagrama de Ensayo 2007, La ceremonia del porno, de Andrés Barba y Javier Montes. Aunque, como afirma Barba, el resultado no se correspondió con lo acordado, siempre llegaban a “un lugar nuevo que era algo más que la suma de los dos”.

Un lugar nuevo como el que han abierto en nuestra alma lectora Ana Martí y Beatriz Noguer, de la pluma de Rosa y Sabine. ¿Quién es quién?:

“Joaquín Grau no lo reconocería nunca abiertamente, pero le gustaba su imagen en el espejo. […]”

¿Será la de Hofmann o será la de Ribas? El sábado, NO OS LO PERDÁIS, lo descubriremos.

La Barcelona de los años 50

Además de un thriller filológico, Don de lenguas es una excelente radiografía de la Barcelona de los 50 en la que Rosa Ribas nos enfrenta a las grandezas y miserias de un país que lucha contra el hambre y la ignorancia, en un clima de miedo, violencia y corrupción.

En 1952, el año en que Ana Martí resuelve el asesinato de Mariona Sobrerroca, apenas hace cuatro años que ha acabado el estado de guerra, prolongado por el general Franco hasta abril de 1948. Todavía están frescas las heridas de la contienda, en la que muchos han perdido a sus seres queridos que han muerto o se han visto obligados al exilio, y los tribunales siguen firmando penas de muerte contra militares y civiles que durante la guerra se mantuvieron fieles a la República. Aún hay maquis, los últimos guerrilleros antifranquistas que resisten en las zonas montañosas, y republicanos perseguidos por el Régimen que no pudieron huir y se esconden en habitaciones secretas de sus casas. Otros, con más suerte, consiguieron salir vivos de la cárcel pero fueron expedientados y se les impidió trabajar en los puestos relacionados con la función pública, especialmente a maestros y profesores, que se vieron forzados a mal vender sus pertenencias en las casas de empeño, como Beatriz, o a trabajar de lo que podían para dar de comer a sus familias, como el padre de Ana, al que le costó dejar su trabajo como periodista en la Vanguardia a cambio de un empleo vendiendo judías y garbanzos.

Grafiti rememorando a los maquis españoles

Desde el final de la guerra civil el país ha estado cerrado al mundo y no tiene recursos suficientes para dar de comer a su población, que ha vuelto a niveles de miseria superados desde hacía más de un siglo. Para intentar controlar la situación, el gobierno pone en marcha las cartillas de racionamiento y con ellas  el estraperlo,  el mercado negro, controlado por los propios funcionarios del Régimen, en el que se pueden encontrar todos los alimentos de primera necesidad a un precio mucho más alto que el oficial. La imagen de Ana saboreando una taza desbordante de café con leche inundado de azúcar, o la de la empleada de correos con la línea de una media inexistente pintada en la pantorrilla, nos dan una idea de las penurias por las que pasan los ciudadanos de a pie en la Barcelona de los 50.

Más trágica es la situación de los marginados y los emigrantes ilegales que llegan en avalanchas desde las zonas rurales de toda España y se instalan en la periferia de la ciudad, donde levantan barracones y chabolas ilegales en los que guarecerse del frío. La mayoría son peones del campo, analfabetos, que encuentran en la mendicidad, la prostitución y el robo la única vía para sobrevivir. Algunas mujeres intentan escapar de la miseria empleándose como sirvientas a cambio de un techo y un plato de comida, como Encarni, la criada de Beatriz. Muchas de ellas, después de  sufrir el abuso de sus amos y quedar embarazadas, son desposeídas de sus hijos, que se donan a familias afectas al Régimen, y acababan en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución encargada de encerrar en centros de monjas a las jóvenes que han caído en la «ruina moral». Mercedes, la joven prostituta que ayuda a Abel y lo esconde en su casa, se alegra de no haber acabado en uno de estos centros de internamiento y haber podido salvar a su hijo enviándolo al pueblo con los abuelos.

En la Barcelona de los 50, como en el resto del país, la mujer es mal aceptada fuera del ámbito doméstico. El ideal de la nueva mujer española es el de la esposa sumisa, que se contenta con lo que tiene, pulcra y esmerada, que acepta la voluntad de su marido y asume la violencia doméstica. Las mujeres  que fuman, que conducen, que trabajan o que tienen aspiraciones intelectuales están expuestas al acoso callejero de los piropos soeces y al desprecio de los hombres que, como el inspector Castro, rechazan a las mujeres «más altas que él», que se levantan para saludar y dan la mano con fuerza, «como los hombres».

Edificio de la antigua Dirección General de Seguridad de Barcelona,
en Vía Layetana

Aunque la represión franquista en la posguerra fue un proceso de violencia económica, política y cultural que afectó a todo el país, la violencia física contra los que desafían al Régimen y sus leyes es el elemento central de la dictadura.  Esta represión no sólo pretende castigar a los presuntos culpables, sino aterrorizar a la población recurriendo a la tortura de forma sistemática en cárceles, campos de concentración y comisarías.  En las sedes de la Dirección General de Seguridad, como la que Ana frecuenta en sus visitas al inspector Castro, la policía actúa impunemente con la complicidad de los jueces, que procesan por desobediencia a los detenidos que se atreven a denunciarlo. Uno de los cuerpos de policía más poderosos y sanguinarios en esa época es la Brigada de Investigación Social, a la que pertenece Goyanes en la novela, la policía política del Régimen, creada en 1941 con el asesoramiento de la Gestapo y más tarde del FBI y la CIA.

Pero la década de los 50 son también los años de las primeras negociaciones con estados Unidos para la instalación de sus bases en territorio español  a cambio de la ayuda económica y militar. De esta forma, España queda incorporada al sistema de defensa occidental y consigue integrarse en la ONU como miembro de pleno derecho, lo que supone el fin del aislamiento franquista. El turismo es el segundo pilar sobre el que se sustenta la apertura de España al exterior. Como pronostica Bernardo, el primo de Beatriz, a lo largo de la década de los 50 media Europa viene a tostarse a las playas españolas y España se convierte en un lugar exótico y novedoso, que atrae a figuras de la importancia de Ava Gardner, la estrella de Hollywood que aterriza en el aeropuerto de Barcelona dispuesta a descubrir por qué España es «beautiful and different», como afirma el eslogan del recién creado Ministerio de Información y Turismo.

Como vemos, la novela de Rosa Ribas está llena de alusiones, directas e indirectas, a la realidad cruel de esos años, pero también las hay a una cotidianidad entrañable y cercana que la humanizan. En sus páginas encontramos continuamente olores, sabores y hasta sonidos que están todavía en el inconsciente colectivo de los que vivimos una Barcelona no muy lejana a la de Ana Martí: los paquetes de cigarrillos sin filtro de Celtas y Bisonte, la Sal de Frutas Eno para la indigestión, los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, el termómetro de la óptica Cottet, la nata con nueces de la Granja Dulcinea, las pastillas de jabón Lagarto para la ropa y Heno de Pravia para el baño semanal, el cenicero de Cinzano en las barras de los bares y en las mesitas de noche, los almacenes Jorba, las atracciones del Apolo en el Paralelo, el café Zurich y el emblemático Bar Pastís, un diminuto local en el que Edith Piaff todavía canta a «la vie en rose» desde hace más de 70 años. Afortunadamente, no todo era oscuro en la Barcelona de los 50.

Un original thriller filológico

Aprovechemos este sugerente gancho con el que el escritor Lorenzo Silva animaba a leer la novela para mostrar una de las características más originales del relato construido por Ribas, Hofmann: la paradójica influencia de lengua y literatura en la construcción de la trama.

El proceso creativo fue plenamente consciente, querían subrayar que la filología era su campo formativo: habían expresado en alguna entrevista el deseo de hacer “una novela en la que la lengua tuviera importancia”, (sin caer, eso sí, en una especie de CSI lingüístico). Y vaya si la tiene: la novela está repleta de citas literarias, de referencias a Quevedo, al Quijote, al Libro de buen amor, al Lazarillo o a las Metamorfosis de Ovidio, por dar sólo algunos ejemplos; sin olvidarnos del contexto literario de la época con la aparición de Nada, de Carmen Laforet o La noria, de Luis Romero. El género negro tiene también su lugar: Raymond Chandler aparece ya desde los primeros capítulos como el “maestro criminólogo” de Ana. También hay subtextos que se vislumbran y de los que seguro que Rosa Ribas nos hablará.

Sin embargo, la novela no es una casa de citas sino que lo literario y lo lingüístico se articulan para desvelar la investigación, para resolver el crimen, al modo que otra maestra del género, la francesa Fred Vargas, lo teje con su profundo conocimiento de la Historia (os dejamos aquí una entrevista para que la conozcáis un poco más).

Recordemos que los primeros pasos de la investigación se encauzan gracias al descubrimiento filológico de la pareja Ana Martí-Beatriz Noguer en unas cartas de Mariona Sobrerroca, la fallecida (el género epistolar y la profesión del amanuense escritor de cartas, en su mezcla de alta y baja cultura). Habrá otras cartas: la de denuncia que recibe Pablo, la carta de la Universidad de Oxford que espera Beatriz, las cartas de Ana cerca de la Boquería, …, Valmont y Mujer actual jugando en el mismo terreno.

Así, Ana y Beatriz honran con su discurrir a Hermes, el mensajero de los dioses, aquel que funda de manera mítica el arte de la hermenéutica: “arte de la interpretación como transformación”, estrategia desde lo filológico y lo filosófico para resolver lo mundano, rasgos que Ribas y Hofmann utilizan huyendo completamente de la pedantería y del cultismo. Todo está construido con naturalidad, sin que chirríe, ciñéndose al canon.

Alexis Ravelo en su blog Ceremonias lo expresa con precisión: “El amor por la palabra, el respeto por el lenguaje, […]en esta novela negra se habla mucho de literatura, de lenguaje, de variantes léxicas y de idiolecto, hasta el punto de que algún personaje llega a justificar uno de sus descubrimientos diciendo que ha sido filológicamente demostrado”.

¿Os parece atractivo este vínculo entre literatura y trama policial? Seguro que ya habéis descubierto muchos de ellos. Si os apetece, podéis compartirlos y enriquecer la lectura del grupo.

¿Qué pensáis de la relación entre Ana Martí y Beatriz Noguer? ¿Creéis que están bien definidas, bien diferenciadas? ¿Tienen voces propias?

No era trabajo para una mujer

Cuando en 2013 se publicaba Don de lenguas y se presentaba a Ana Martí cubriendo la crónica del asesinato de Mariona Sobrerroca para La Vanguardia, no era la primera vez que una novela negra tenía en funciones de investigadora una mujer.

El boom de la novela negra en la literatura española en los años setenta no trajo ningún protagonista femenino. Habría que esperar a 1985 con la aparición de Estudi en lila de Maria Antònia Oliver. En la década de los 90, con el género consolidado, aparecerían dos de los personajes más prolíficos: la compleja inspectora de policía Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett y la castrense Virginia Chamorro ayudante del sargento, luego subteniente, Bevilacqua de Lorenzo Silva.

En esta charla de la escritora María Inés Krimer, autora de la saga Ruth Epelbaum, y Pablo de Santis se revisa el papel del detective en la literatura y del lugar de la mujer en el género.

Los casos se han multiplicado y las detectives han normalizado su presencia en el género. La misma Rosa Ribas tiene la serie de Cornelia Weber-Tejedor comisaria del departamento de homicidios de la policía de Frankfurt. Las protagonistas en la novela negra están presentes ahora en sagas de éxito ( El guardián invisible/ Dolores Redondo; La novia gitana/ Carmen Mola; No acosen al asesino/ J.M. Guelbenzu) pero también en nuevas formas de enfrentarse al género (Cometierra / Dolores Reyes).

¿Qué otras detectives conoces? ¿cuáles son tus favoritas?

En toda novela negra hace falta un buen cadáver

“Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta”. Así comienza Don de lenguas. Mariona es Mariona Sobrerroca, una conocida viuda de la alta burguesía barcelonesa, y el cuerpo ha aparecido sin vida en su apartamento. Como dicen los expertos en novela negra, “la muerte es lo primero”.

No os asustéis lectores, no vamos a desvelar nada (“hacer spoiler”, para los anglófilos), pero seguro que la lectura os atrapó desde esa primera línea, diríamos mejor desde esa primera página donde las autoras sitúan ya un claro sospechoso en el lugar del “presunto” crimen: Abel Mendoza. ¿Qué hace allí, en la habitación de Mariona, removiendo libros, papeles y cajones?

Si no son suficientes las evidencias, una perífrasis verbal, ‘salió huyendo’, y un sustantivo, ‘ganzúa’, al final de la página, corroboran que estamos ante una novela de género. La propia Biblioteca Nacional de España en su guía de la novela policíaca lo afirma: “[…] es un género narrativo en donde la trama consiste generalmente en la resolución de un misterio de tipo criminal.”.

Si nadie lo evita, tenemos Caso, o como decía Sherlock Holmes, “The game is affot”.

¿Por qué murió Mariona Sobrerroca? ¿Pensáis que estamos ante un verdadero crimen? ¿Creéis que hay indicios suficientes para sospechar de Abel Mendoza?

¿Os gusta la novela negra? ¿Sois habituales del género? Acompañadnos en la aventura y poned vuestros comentarios

 “ Sanvisens […] la miró [a Ana Martí] y le dijo:

– ¿No es eso lo que siempre has querido? Pues es tu oportunidad. Aprovéchala.”

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